¿En qué creemos?

La Doctrina Metodista es muy definida y concreta, aqui te presentamos algunos articulos que te ayudarán a conocer la doctrina metodista.

Identidad Metodista

 

INTRODUCCIÓN

Muchas veces se me ha preguntado acerca de la identidad metodista y siempre he explicado este tema. Sin embargo, a pesar de haber pasado el tiempo he podido comprobar que este asunto aún no es muy claro para muchos metodistas de nuestro tiempo. Y no es que no haya literatura al respecto, sino que pareciera que no se ha explicado con claridad y sencillez esta interrogante. Hoy en día tenemos a la mano las Obras de Wesley en 14 tomos y en idioma español, gracias al esfuerzo del Rev. Elbert Wethington, quien es Presidente del Directorio de la Wesley Heritage Foundation, Inc. y a todo un equipo de traducción. Esta valiosa colección nos ha llegado como parte del Pacto que tenemos con la Conferencia de Carolina del Norte de la Iglesia Metodista Unida (USA). Existe pues, abundante información sobre nuestra identidad metodista. ¿Cuál es la dificultad entonces?.

No hace mucho un grupo de jóvenes me solicitaron que pudiera exponer una ponencia sobre la Identidad Metodista en un seminario de capacitación. Sin dudarlo acepté el reto una vez más. En la medida que iba bosquejando los temas a tratar sentí la necesidad de escribir este documento para que pueda estar al alcance no sólo de los jóvenes sino de todo metodista interesado en conocer más acerca de nuestra identidad. Es así que comencé a reunir toda la información posible y escribir de una manera sencilla y clara sobre este asunto.

Espero que este material al ponerlo al alcance de todos los metodistas sirva para clarificar de una vez por todas nuestra identidad y ya no nos dejemos influenciar por cualquier viento de doctrina que aparezca en el horizonte, sino más bien, nos permita realizar la Misión con eficacia y en amor, especialmente en aquellos que aún no conocen el Evangelio redentor de nuestro Señor Jesucristo. Hay muchos que están ávidos de escuchar algo nuevo para sus vidas y no lo encuentran. Están en la calle, en la escuela, en el tren, en el hogar, en la oficina, en los negocios, en los estadios, en el Congreso, en Palacio y en cualquier otro lugar.

Si este esfuerzo cumple su cometido en cada metodista, me sentiré complacido de haber aportado un granito más de arena en la Misión de nuestra Iglesia. Doy gracias al Señor por haberme concedido este privilegio inmerecido. A Él sea la honra y la gloria por todos los siglos. Amén.

Callao, Febrero de 2001

 

I. ACERCA DE LA IDENTIDAD METODISTA.

Tratar el tema acerca de nuestra identidad metodista nos lleva a revisar y a preguntarnos ¿qué es identidad?. Usualmente se utiliza este término para identificarse ante alguien o para relacionarse con algo similar. Se define como el conjunto de particularidades o características que distinguen a una persona de las demás.

No es fácil precisar las particularidades o características propias de un cristiano metodista. Hay muchas referencias al respecto, todas ellas sólo logran presentar un mosaico de los énfasis que se dan en el quehacer de la vida del cristiano metodista. Precisar esta identidad no es tarea sencilla, debido a que nuestra identidad latinoamericana es producto, en un primer momento, de la mediación del metodismo norteamericano, y en un segundo momento, por la influencia de diversas corrientes wesleyanas en el mundo.

Para definir nuestra identidad como metodistas tenemos que partir por lo que es fundamental en la fe cristiana, la experiencia de salvación. Todo cristiano metodista es una persona que ha sido redimida por la gracia de Dios, a través de un encuentro personal con Jesucristo y que a partir de esa experiencia de fe, el Espíritu Santo actúa constantemente en su vida, llevándolo hacia un camino de santidad y perfección. En su vida diaria pone en práctica la religión del amor, el amor a Dios y a toda la humanidad, tal como nos enseñó nuestro Gran Maestro, el Señor Jesucristo.[1]

De ahí que el meollo de la doctrina metodista esté en la práctica del amor a Dios y el amor al prójimo. No hay otra religión superior a ésta. Juan Wesley lo afirma en toda su reflexión teológica. Ésta es la gran herencia del movimiento metodista que generó el avivamiento espiritual del siglo XVIII. Como tal debemos sentirnos honrados y orgullosos de recibir este legado de parte del Señor, cuyo propósito es redimir a toda criatura de la esclavitud del pecado, a través de Su Palabra y por su sola gracia. Nunca debemos olvidar las palabras del apóstol Pedro: “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios; en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia.” [2]

No es perder el tiempo hacer un alto en nuestra vida cotidiana para examinar nuestra identidad como metodistas. Jesús mismo se tomó su tiempo para averiguarlo: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?...Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?.” [3] Hoy más que nunca necesitamos preguntarnos: ¿Quiénes somos? ¿Qué dice la gente quiénes somos como cristianos metodistas?

Es necesario y urgente revisar nuestra autoestima, elevarla al tope, mejorar nuestra calidad de vida como cristianos metodistas y establecer un proyecto de vida de acuerdo a los principios emanados de las enseñanzas de nuestro Maestro, Jesucristo, y con relación a las necesidades de nuestro prójimo, sean éstas, espirituales o materiales.

Nuestro emblema simboliza las raíces de nuestra Iglesia: la cruz, en la cual nuestro Señor Jesucristo ofrendó su vida por nosotros los pecadores y que a través de su sangre derramada somos reconciliados con Dios. ”Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. También a vosotros, que erais en otro tiempo extraños y enemigos por vuestros pensamientos y por vuestras malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprochables delante de él.” [4] La flama, representa el poder del Espíritu Santo y el sello de nuestra pertenencia. “El cual también nos ha sellado y nos ha dado, como garantía, el Espíritu en nuestros corazones.” [5]

Surgimos en el mundo como Iglesia Metodista, por la gracia y obra de Dios, quién derramó su Espíritu en la vida de Juan Wesley y en todos sus seguidores para proclamar Su Palabra a toda criatura y hacerla realidad en cada una de ellas. ¡Esa es nuestra herencia e identidad! ¡Esa es la tarea, no hay otra!.

De ahí que consideramos que un cristiano metodista en su práctica de fe, asume las siguientes características, que le son distintivas: el amor a Dios, el amor al prójimo, su espíritu organizador y su espíritu ecuménico.

Evaluación.

Acerca de la Identidad Metodista

1.- ¿En qué consiste la Identidad Metodista?

2.- Como metodistas, ¿en qué consiste la experiencia de la salvación?

3.- ¿En qué momento se produce el bautismo del Espíritu Santo en el creyente?

4.- Según Juan Wesley, ¿en qué consiste la religión del amor?

5.- Según Juan Wesley ¿cuándo se dice que un creyente está en el meollo de la doctrina metodista?

6.- ¿Qué dice la gente quiénes somos como cristianos metodistas?

7.- ¿Por qué un cristiano metodista en su práctica de fe ama a Dios y ama a su prójimo a la vez? ¿En qué consiste?


 

II. CARACATERÍSTICAS DE LA IDENTIDAD METODISTA.

A. El Amor a Dios (Santidad Personal).

Este es el primer mandamiento del Señor Jesucristo y constituye un requisito prioritario para ser considerado completamente cristiano.[6] Este amor a Dios se expresa a través de nuestra santidad personal en los siguientes aspectos:

1. Salvación por la fe en Cristo.- Como se ha dicho anteriormente, todo cristiano metodista es una persona que ha sido redimida por la gracia de Dios, a través de un encuentro personal con Jesucristo y que a partir de esa experiencia de fe, el Espíritu Santo actúa constantemente en su vida, llevándolo hacia un camino de santidad y perfección. Esta experiencia de fe es una experiencia personal, honda y viva. Es el punto de partida para la santidad y perfección cristiana. Este hecho de la experiencia de la gracia regeneradora de Dios en Cristo es la esencia del metodismo.

Todo cristiano metodista es consciente que Cristo nos ofrece en su muerte el sacrificio perfecto por los pecados y hace posible nuestra redención y reconciliación con Dios. Debemos siempre recordar las palabras del Apóstol Juan: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” [7]

Wesley mismo tuvo su propia experiencia personal de fe, previa a su conversión:

"Yo predicaba mucho, pero no veía fruto de mis labores. Realmente, no era posible que yo lo tuviera, porque no ponía yo el cimiento del arrepentimiento, ni de creer en el evangelio."[8]

En otra oportunidad comentó:

"Yo fui a América a convertir a los indios. Mas ¿quién me convertirá a mí? ¿Quién me librará de este corazón perverso e incrédulo? Tengo una hermosa religión de verano. Puedo hablar de ella. Hasta puedo creer en ella mientras está lejos el peligro, pero luego que la muerte me mira cara a cara, mi espíritu se acobarda. Yo no puedo exclamar: ‘Para mí el morir es ganancia’."[9]

Felizmente, un 24 de mayo de 1738 a la edad de 34 años, pudo sentir y expresar:

"Como a las nueve menos cuarto, mientras escuchaba la descripción del cambio que Dios opera en el corazón por la fe en Cristo, sentí arder mi corazón de una manera extraña. Sentí que confiaba en Cristo, y en Cristo solamente, para mi salvación. Y recibí la seguridad de que Él había borrado mis pecados y que me salvaba a mí de la ‘ley del pecado y de la muerte’. Púseme entonces a orar con todas mis fuerzas por aquellos que más me habían perseguido y ultrajado. Después di testimonio público ante todos los asistentes de lo que sentía por primera vez en mi corazón."[10]

Esta es la hora del nuevo nacimiento de Juan Wesley, pero también es la hora del nacimiento del metodismo.

Para mayor ampliación sobre el tema de la salvación será bueno estudiar el Sermón 1 de Juan Wesley: “La salvación por la fe”,[11] basado en Efesios 2:8. Asimismo, otro de sus sermones a considerar es: “El nuevo nacimiento” [12] Finalmente no debemos olvidar la pregunta del carcelero al Apóstol Pablo y Silas: ¿Qué debo hacer para ser salvo?, y la respuesta de ellos: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa.” [13]

2. La Perfección Cristiana.- Es el segundo paso que todo cristiano metodista inicia luego de ser justificado por la gracia de Dios, por medio de la redención que es en Jesucristo. Es la acción gradual de Dios, en el cual el Espíritu Santo opera en la vida del cristiano hasta lograr un verdadero cambio en su naturaleza, hasta alcanzar la estatura de la plenitud de Cristo.[14]

La perfección cristiana no implica quedar exento de ignorancia o del error, de los defectos o de las tentaciones, ya que no hay perfección absoluta en la tierra, sino que es un desafío constante para el creyente, de modo que si alguien considera haber alcanzado dicha perfección, todavía necesita crecer en la gracia[15] y avanzar diariamente en el conocimiento y el amor de Dios.[16]

Para Wesley el “perfecto amor” a Dios y a los hombres es sinónimo de la perfección cristiana o de la entera santificación.[17]

Es en este sentido que Jesucristo nos exhorta a ser perfectos como Dios lo es;[18] el Apóstol Pablo reconoce que no es perfecto, pero que camina hacia esa meta;[19] en otra ocasión, en su carta a Timoteo hace ver que el fin de toda Escritura es hacer que el creyente en Dios sea perfecto.[20]

La perfección cristiana, tal como lo advierte Wesley en todo su tratado sobre este aspecto,[21] no es un ideal a lograr a futuro o en el momento de la muerte, sino que es un proceso que se inicia al ser justificado por la gracia de Dios y que es permanente, dinámico, ahora, en la vida presente. De algún modo, la perfección cristiana, es dejar de lado una vida mediocre por una vida de calidad, es decir, en santidad, consagrada a Dios y experimentar sus múltiples bendiciones. Como ya se ha dicho anteriormente, este proceso es dinámico y nos permite seguir creciendo, día a día, paso a paso, en la fe y en el amor. De ahí que la perfección cristiana es una visión positiva y optimista de la vida cristiana, porque enseña que tanto el hombre como la mujer son perfectibles por la gracia de Dios y están sujetos a ese proceso, con la ayuda del Espíritu Santo.

Pero, hoy en día, la perfección está relacionada a otra palabra, calidad de vida, la cual se utiliza mucho y está en boga en todos los medios académicos. Con este concepto de calidad de vida se quiere demostrar que el ser humano es perfectible por sí mismo, en base a su propio esfuerzo y no depende de nadie para lograrlo. Sin embargo, es bueno tener en cuenta lo que Elsa Tamez comenta sobre este asunto en su artículo “El desafío de la perfección cristiana: Wesley y Santiago” [22]

¿Qué significa ser perfecto? La palabra nos suena chocante; tal vez sea porque en nuestras sociedades el pensamiento dominante tiende hacia la búsqueda constante de lo perfecto, pero en un sentido radicalmente opuesto al de Santiago y Wesley. La axiología actual está invertida; mientras que para la sociedad o el mundo, en términos de Santiago, la perfección está vinculada al éxito, a la competencia, al sobresalir a costa de los demás, para Santiago [para Wesley también] es precisamente lo contrario, es estar pendientes de los necesitados para ser coherentes con lo que creemos y leemos en la Biblia. La perfección de nuestro tiempo margina al pobre, al minusválido –perfección está ligada a lo sin defecto; es mentirosa porque el mundo de las apariencias lo domina todo. En Santiago [también en Wesley] la perfección está vinculada a la autenticidad, a la sinceridad, mientras que hoy día lo perfecto se rige por el nivel de las apariencias. Los modelos que la sociedad impone son individualistas, en ellos no hay cabida para la solidaridad; la imagen del ser perfecto ya está dada: seguir el modelo de tener buenas posibilidades económicas, buena educación, no tener defectos físicos, casarse, tener hijos, tener éxito en todas las actividades y no ser objeto de ninguna sospecha ideológica. Si eso es así, las grandes mayorías pobres y explotadas latinoamericanas están en un nivel bajo, de imperfección, porque nunca tendrán las posibilidades de realizar la imagen de perfección proyectada por la sociedad. Nuestras iglesias no están exentas de poseer esta imagen falsa de perfección.

Santiago, y más adelante Wesley, nos desafían a buscar otro tipo de perfección, la auténtica. Aquel que no divide a las personas y comunidades entre sí, aquel que exige ser íntegro, cabal, completo. Aquel que vincula las realidades con la fe y actúa coherentemente con lo que dice y hace. Esto es ser honesto y el que no actúa así es deshonesto. En nuestras comunidades cristianas debemos reflexionar sobre este aspecto crucial; y no solo al interior de nuestras comunidades, sino también en los movimientos populares que intentan transformar también la realidad social viciada.

El ser ‘limpio de corazón’ significa mucho más que ser buena gente. La búsqueda constante de la honestidad hoy día, entendida en toda su profundidad y colocada en medio de nuestra historia conflictiva, nos ayudará con toda seguridad a ser cristianos auténticos [no casi cristianos], porque ser íntegro significa en síntesis ser honesto con Dios, con el prójimo, con nosotros mismos y con nuestra realidad.[23]

Para alcanzar esta meta -que es nuestro constante desafío- es necesario llevar una vida en obediencia a Dios, en disciplina, en amor y en gracia renovada. ¿Estamos avanzando hacia la perfección? El estudio serio acerca de la perfección cristiana debe ser una guía permanente para todos los cristianos metodistas.

3. Las Obras de Piedad.- Al leer la cita bíblica de Génesis 22:14 lo primero que nos viene a la mente es el hecho de que Dios siempre provee lo necesario para nuestra vida o bienestar. Comúnmente esa provisión divina está relacionada con cosas materiales: dinero, salud, bienestar, alimento, estudio, trabajo. Muy poco reflexionamos en que Dios también nos provee medios para nuestra vida espiritual, es decir, herramientas para nuestra perfección cristiana. A estas herramientas, Wesley las denomina medios de gracia.[24]

Las obras de piedad son señales exteriores, palabras o acciones que tienen que ver con la vida de fe o devoción del creyente y para ello Dios en su infinita misericordia, provee medios de gracia para alimentar y madurar nuestra santidad. Wesley consideraba que Dios al proveer dichos medios para nuestra formación espiritual, tanto personal como comunitaria, hace que la gracia sustentadora sea accesible cada vez más. Pero advierte que los medios de gracia deben emplearse en forma disciplinada.

Los cristianos no estamos exentos de enfrentar obstáculos, conflictos, dudas, fracasos y crisis en nuestra vida espiritual. Cada día es una batalla que tenemos que librar para vencer esos desafíos que el maligno nos pone. ¿Cómo pues permanecer fieles al Señor? ¿Cómo tener el apoyo o la ayuda necesaria de nuestro Dios para caminar por sus caminos? ¿Cómo saber que El Señor, a través de su gracia sustentadora nos apoya, anima y capacita?. La respuesta a estas preguntas es: Dios nos ha provisto medios de gracia. He aquí algunos de ellos:

a) La Sagrada Escritura.- Para Wesley la Biblia tuvo un lugar muy importante en su vida y fue la fuente de toda su teología. El mismo llegó a declararse como hombre de un solo libro[25] La Sagrada Escritura o Biblia contiene el mensaje básico de la gracia de Dios y constituye la guía principal para vivir una vida de santidad.[26] Es un privilegio y deber de todo cristiano escudriñar las Escrituras. Debemos leerla y estudiarla siempre en todo momento de nuestra vida, casi siempre temprano en la mañana o tarde en la noche. En ella conoceremos la voluntad de Dios para con nosotros y hallaremos respuestas para todas nuestras necesidades e inquietudes.

Más adelante ampliaremos este punto cuando tratemos en otro capítulo, las fuentes de la teología de Juan Wesley.

b) La Oración.- Puesto que la vida cristiana se vive en relación con Dios mediante Jesucristo, la oración es esencial. Es uno de los dones más importantes que Dios nos ha dado para mantenernos conectados con él, que nos ama constantemente y cuya gracia es necesaria para sostenernos.[27] Es el gran medio de acercarnos a Dios. Todo cristiano ejercita su amor a Dios, “orando sin cesar.” [28] Muchas veces la ausencia de oración es la principal causa de sequía espiritual en la vida del cristiano. ¿Cómo debemos orar? Jesús nos da la respuesta.[29] Cada uno puede componer su propia oración para dirigirse al Señor.

Juan y Carlos Wesley resaltan en sus escritos la necesidad de orar en cada momento; para ellos, la oración constituía una fuente inagotable de fuerzas inmensas.

Debemos enfatizar que la oración no es sólo personal sino que también es comunitaria e intercesora.

c) El Ayuno.- Cuando pensamos en ayunar, casi siempre se debe a que ha llegado el momento de perder peso. En realidad el ayuno es una disciplina espiritual cuyo propósito no es reducir el consumo de calorías, sino intensificar nuestra relación con Dios y purificar nuestro ser. Jesús nos advierte que cualquier problema o dificultad que dañe nuestro espíritu no se resuelve sino con oración y ayuno;[30] asimismo, el profeta Isaías nos recuerda cuál es el verdadero ayuno que Dios quiere de nosotros.[31] ¿Por qué es importante ayunar? Por tres motivos:

1) Es una expresión de arrepentimiento por el pecado;

2) Es una señal especial de penitencia por el pecado de exceso en el comer y el beber; además, permite que experimentemos la carencia que sufren los pobres.

3) Ayuda a la oración porque le permite a la persona que ayuna apartar un período más extenso de tiempo para orar y contribuye a la santidad.

Finalmente, Wesley no dejó de advertir que el ayuno valdría más si al mismo tiempo se ayudase a los pobres.

d) La Cena del Señor o Comunión.- ¿Qué acontece cuando nos acercamos a la mesa del Señor? La Cena del Señor es significativa por tres razones: Primera, porque se trata de un memorial o recordación.[32] Nos confronta con el sufrimiento y sacrificio que Cristo hizo por nosotros en la cruz. Segunda, la Cena del Señor es una manera como Dios otorga gracia al que participa en ella.[33] Mediante el poder del Espíritu Santo y a través de nuestra fe, se nos comunica los beneficios de la muerte y la resurrección de Cristo. Cuando comemos el pan y bebemos de la copa, Dios le concede a nuestras almas toda esa gracia espiritual, esa justificación, esa paz y ese gozo en el Espíritu Santo comprados por el cuerpo de Cristo que una vez fue quebrantado, y la sangre de Cristo que una vez fue derramada por nosotros. Tercera, la Cena también es una promesa. Confirma y sella la oferta que Dios nos hace de salvación en Cristo. Cuando nos reunimos alrededor de la Mesa del Señor, estamos anticipando lo que ha de suceder en el Reino de Dios que se ha de consumar en el futuro, cuando todos habremos de participar con gozo y paz en la plenitud definitiva de la vida de Dios.[34] ¿Qué impide que nos acerquemos a la Mesa del Señor?.

Wesley nos recomienda que la Cena del Señor es absolutamente indispensable en la vida del creyente.

e) Las Reuniones Fraternales.- Wesley se refirió sobre este medio de gracia como “conferencia cristiana”, sin embargo, hoy en día este ha adquirido la expresión de reuniones fraternales. Originalmente estas reuniones fueron las sociedades, las clases, y las bandas. Estas reuniones no son más que oportunidades para participar con otros en adoración, compañerismo y ministerio.[35] El crecimiento espiritual es personal, pero no privado. No podemos ser cristianos aislados, que vivimos en soledad. Los diversos momentos de comunión fraternal son muy importantes para el crecimiento de nuestra vida espiritual. De ahí que sea bueno tener siempre los estudios bíblicos, los grupos de oración, campamentos, paseos, vigilias, grupos de jóvenes, mujeres, de niños y asambleas, entre otras cosas más. La experiencia nos indica que estos espacios son muy fructíferos en la vida del cristiano y de la iglesia.

Recordemos que para ser metodistas, era requisito estar unidos entre sí y también con otros cristianos para adorar y orar. Era muy importante mantener el espíritu de la conexionalidad. Sólo así, unidos, se podría cuidar de otros creyentes y unirse a ellos en la Misión al mundo. Este aspecto es aún vigente para todos los metodistas del mundo, ahora y siempre.

f) El Culto Público.- Todo cristiano metodista que ha sido verdaderamente tocado por Dios debe aprovechar toda oportunidad para ofrecer alabanza al Señor y abrirse a su gracia sustentadora, mediante sus oraciones familiares, servicios parroquiales y cultos de adoración.[36] Además, todo culto es un testimonio público de nuestra fe en Jesucristo, para que muchos puedan creer y aceptarle como su único Señor y Salvador.[37]

Wesley estableció dos oportunidades para adorar a Dios: La Fiesta del Amor o la comida del Ágape, y el Servicio del Pacto. Ambas reuniones tenían el propósito de dar testimonio de la acción de Dios en las vidas de los creyentes; alabar a Dios a través del canto; orar juntos por cada necesidad particular y por el mundo; comer y beber juntos. En cada una de ellas los creyentes debían experimentar las bendiciones de Dios y tener la oportunidad de renovar su pacto con su Señor.

4. El Espíritu Evangelizador.- Jesús después de su resurrección gloriosa, dejó un encargo a sus discípulos: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”[38] En realidad, este encargo del Señor se ha convertido en el mandato misionero de todo cristiano, por extensión, de la Iglesia.

Esta Comisión la ha venido realizando toda la comunidad cristiana a través de los siglos, hasta el día de hoy, en obediencia a este mandato. Muchos cristianos han dado su vida por anunciar el evangelio del Señor Jesucristo. Entre ellos se encuentran muchísimos hermanos y hermanas metodistas de todo el mundo.

Wesley entendió que este encargo del Señor debía llevarse a cabo en todo el mundo, sin ninguna discriminación. Gracias a esta obediencia del mandato divino, Wesley es considerado como uno de los más grandes evangelistas en la historia cristiana. El metodismo se desarrolló y se extendió por todo el mundo en virtud a este espíritu evangelizador de sus integrantes. Él tuvo una gran visión y sabiduría de lo alto para desarrollar la Obra. En cierto momento, a uno de sus cuestionadores le supo responder:

"Considero todo el mundo como mi parroquia, quiero decir que en cualquier parte de él donde estoy, lo juzgo digno, justo y mi deber declarar las buenas nuevas de salvación a todos los que quieran oír. Esta es la obra a la cuál sé que Dios me ha llamado."[39]

Esta es nuestra herencia metodista, vigente aún y retadora para el próximo milenio.

Francis Gerald Ensley en su artículo “Juan Wesley, evangelista poderoso”[40] nos da una excelente visión de la tarea evangelística realizada por Wesley. He aquí un resumen de la misma. Fue capaz de sacar a muchos de las tinieblas a la luz; cambió a muchos de un tipo de vida miserable a otra de calidad. Cuando él murió había 70,000 metodista en Inglaterra y otros 70,000 habrían muerto en la fe metodista en el transcurso de su larga carrera. El metodismo alcanzó el Océano Atlántico y cerca de 65,000 norteamericanos eran seguidores de Wesley. En los Estados Unidos de Norteamérica, entre los años de 1773 a 1790, la población metodista se incrementó en más de 5,500 por ciento con respecto al 75 por ciento de la población total. Cincuenta años después de la muerte de Wesley el movimiento metodista tenía congregaciones misioneras en Europa, África, Australia, las islas del Pacífico y América. ¡Todo el mundo!. ¡Miles de kilómetros recorridos! Se cumplía lo dicho por Wesley: “el mundo es mi parroquia.”

Este crecimiento es comparable sólo al de la iglesia primitiva. Un dato importante, el movimiento metodista estaba bien organizado para poder cumplir la misión. Tenía 550 predicadores itinerantes, además de un número mayor de predicadores locales. Gerard Ensley comenta sobre la influencia de la labor de Wesley en su sociedad:

Él levantó a la iglesia establecida de sus basureros. Donde era mundana y corrupta él la levantó a nuevos niveles de espiritualidad...Encendió a la iglesia con un nuevo celo misionero...Él derritió el sentimiento religioso congelado de la Iglesia Anglicana, lo vertió sobre nuevos moldes y lo hizo nuevo con un significado espiritual. Wesley cambió el clima espiritual de Inglaterra.[41]

Los resultados de esta labor misionera, realizada por Wesley y sus seguidores, pueden verse en la transformación espiritual y social que experimentaron las personas a quienes ellos llegaron. Se alivió el sentido de culpa, la ignorancia, las enfermedades, la degradación social de las personas, especialmente los pobres. Ayudó a reformar las prisiones, se redujo las horas de trabajo en las fábricas y minas, se abolió el comercio de esclavos, y permitió el desarrollo de la educación popular a través de las escuelas dominicales.

Hoy día podemos decir con orgullo -nosotros, los herederos de esa Gran Comisión- que los frutos de esa fructífera labor evangelística es la formación de la Iglesia Metodista, establecida a lo largo y ancho del mundo, llegando a ser la tercera iglesia protestante más grande del planeta.

Este es pues, nuestro espíritu evangelizador, que se nutre de las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo y se acrecienta con la experiencia desarrollada por los primeros metodistas. Proclamación de la Palabra de Dios y servicio a toda la humanidad, esa es la Misión. ¡No hay otra!.

Evaluación.

El Amor a Dios (Santidad Personal)

1.- ¿En qué consiste la Santidad Personal y cuáles son esos aspectos?

2.- ¿Qué se opera en la salvación por la Fe en Cristo?

3.- ¿Cuál es el punto de partida para la santidad y la perfección cristiana?

4.- ¿Gracias a quién tenemos salvación y vida eterna?

5.- ¿En qué lugar y fecha Juan Wesley tuvo la experiencia del Nuevo Nacimiento?

6.- ¿En qué consiste la perfección cristiana?

7.- ¿Qué significa ser perfecto en la teología wesleyana?

8.- ¿En qué consiste las Obras de Piedad?

9.- ¿Cuáles son los Medios de Gracia según Juan Wesley?

10.-¿Qué finalidad tiene los Medios de Gracia en la vida del creyente? Explique cada uno de ellos.

11.-¿Qué es el Ayuno?

12.-¿Por qué es importante ayunar?

13.-¿Qué acontece cuando nos acercamos a la Mesa del Señor?

14.-¿Con qué otro nombre se le conoce a las reuniones fraternales?

15.-¿Qué nombres tenían originalmente estas reuniones fraternales?

16.-¿En qué consiste la conexionalidad?

17.-¿En qué consistió el Culto Público?

18.-¿Qué es la fiesta de amor o la comida del Ágape?

19.-¿En qué consiste el servicio del Pacto?

20.-¿Cuál es el fundamento del Espíritu Evangelizador?

21.-¿Qué quiso decir Juan Wesley: "el mundo es mi parroquia"?

22.-Leer las págs. 11-12 del libro de Juan Wesley Evangelista.

23.-¿Cuántos predicadores itinerantes tenía Juan Wesley en Inglaterra?

24.-¿Cuáles fueron los resultados de la labor misionera realizada por Juan Wesley y sus seguidores?

B. El Amor al Prójimo (Santidad Social).

Este aspecto es el segundo mandamiento ordenado por nuestro Señor Jesucristo. Según Wesley todo cristiano metodista debe dar este paso para ser considerado verdaderamente cristiano.[42] El amor al prójimo es lo que constituye nuestra santidad social, enseñada por Jesucristo. Wesley mismo expresó lo siguiente:

"El evangelio de Cristo no conoce otra religión que la social ni otra santidad que la social. Este mandamiento tenemos de Cristo, que el que ama a Dios, ame también a su hermano."[43]

A partir de esta práctica de fe, el cristiano metodista realiza diversas acciones que se traduce en los siguientes hechos: las obras de misericordia, la obra social y educativa, la formulación de un Credo Social y la transformación de la sociedad.

1. Las Obras de Misericordia.- Según Wesley una genuina santidad debía manifestarse a través de una santidad exterior o social. Las obras de piedad y las obras de misericordia hacen el equilibrio teológico de la vida cristiana. Las obras de misericordia son la expresión de la fe puesta en acción.[44] Hacer el bien a los demás es practicar el mandamiento del Señor: “Amaos unos a otros”[45] Wesley en su Sermón en la Montaña explica en qué consiste practicar las obras de misericordia:

Dar de comer al hambriento, vestir al que está desnudo, atender o asistir al extranjero, visitar a aquellos que están enfermos o en prisión, consolar al afligido, instruir al ignorante, reprobar al malvado, exhortar y animar al que hace lo bueno; si hubiera cualquier otra obra de misericordia, también se le debe incluir en esta dirección.[46]

Además, él mismo se encargó de dar el ejemplo. Se preocupó por el derroche del dinero y la acumulación de riquezas. Consideraba que era “la trampa del diablo” y que éste asunto es la perdición del cristianismo genuino. Existen cuatro sermones significativos con respecto a la riqueza: “El peligro de las riquezas”[47], “Sobre las riquezas”[48], “El peligro de la acumulación de riquezas”[49], “El uso del dinero”[50] Por otro lado, consideraba que la riqueza era un obstáculo en el camino a la santidad, ya que ésta desalienta nuestro amor a Dios y promueve el amor a las posesiones, llevándonos a la idolatría. No hay compatibilidad entre el amor a la riqueza y el amor a Dios.[51] Advierte que como consecuencia de este amor a la riqueza también se desalienta el amor hacia el prójimo, llevándonos a su explotación y esclavitud. De ahí que para practicar la verdadera santidad es necesario dejar de acumular riquezas y para ello da tres consejos sabios:

a) “Gana todo cuanto puedas”, hay que ganar el dinero con trabajo honesto, sin perjudicar nuestras mentes y cuerpos por el trabajo excesivo y sin explotar a nuestro prójimo.

b) “Ahorra todo cuanto puedas”, debemos practicar la mayordomía y vivir con sencillez, sin practicar el derroche de los dones de Dios.

c) “Da todo cuanto puedas”, se debe proveer lo esencial para uno mismo y la familia: alimento, vestido, vivienda, salud y cualquier otra cosa básica. Cuando este aspecto se ha logrado, cualquier cosa que sobre debe darse a los pobres, tanto en la iglesia como en el resto del mundo. Nada debe acumularse. El compartir con los necesitados es una muestra que estamos dando todo a Dios.

Wesley no sólo exhortó a los metodistas a practicar el dar a los necesitados, sino que él mismo trabajó para aliviar el sufrimiento de los pobres. Aumentó la autoestima de ellos, durmió con ellos, alquiló casas para viudas sin hogar y para sus niños, finalmente dio todo el dinero que tuvo entre sus manos.

Los metodistas siguieron su ejemplo. Las sociedades y clases lograron recolectar dinero, alimentos y ropas para aliviar el dolor de la pobreza.

Otro aspecto que preocupó a Wesley era la salud física de las personas, en forma especial la de los pobres. En su sermón “Visitando a los pobres” (1786)[52] muestra esa sensibilidad social y destaca la importancia de la visitación a los enfermos, así como la participación muy especial de las mujeres en este ministerio. No sólo se interesó por las visitas a los enfermos, sino que escribió artículos sobre salud y medicina para ayudarles. Es notable encontrar en su libro “Rudimentos de medicina: un método fácil y natural para curar la mayoría de las enfermedades” (1747),[53] dos asuntos: el primero, las sugerencias que ofrece para la preservación de la salud mediante un plan, en el cual recomienda un programa de aire fresco, dietas, descanso y ejercicios, con un criterio bastante moderno para su tiempo. El segundo, la prescripción de remedios para traumas y enfermedades comunes. Para ello él mismo se encargó de distribuir medicinas a cientos de personas en Londres, Bristol y Newcastle.

El asunto de las prisiones y de los prisioneros no escapó del interés de Wesley. En su tiempo el sistema penal era inhumano. Las leyes eran muy duras, especialmente contra los deudores y para los que cometían crímenes contra la propiedad. Wesley y sus seguidores estaban convencidos que aquellas personas necesitaban oír el evangelio redentor de Jesucristo y merecían el cuidado de los siervos de Dios. De ahí que la visita a las prisiones y atención a los prisioneros se convirtió en un ministerio permanente. Como un testimonio personal, Wesley gastó su fortuna a favor de los presos pobres y en muchos casos se encerró en calabozos para sentir en carne propia el sufrimiento de sus semejantes. Luchó a favor de una reforma carcelaria para que las leyes penales y las cárceles sean más humanas. Propuso una educación y guía espiritual para los prisioneros para dar lugar al arrepentimiento y de esa forma pudieran ser restaurados. El 2 de enero de 1761 dirigió una carta al editor del London Chronicle[54] destacando la transformación ocurrida en la más famosa prisión de Newgate en Bristol, la cual lucía limpia; ya no había peleas, ni borracheras, menos era permitida la prostitución. Se evita la pereza de los prisioneros, para ello se les provee las herramientas y materiales para lo que quieran trabajar en sus oficios. El carcelero –quien se había convertido al metodismo- escucha los problemas de los prisioneros y los resuelve. Los domingos todos van a la capilla y los enfermos que no podían ir recibían atención espiritual y medicinas.

La esclavitud era el peor flagelo de la humanidad en el tiempo de Wesley y él no fue indiferente ante este hecho cruel. Escribió en 1774 un tratado: “Reflexiones sobre la esclavitud”[55] dio a conocer su denuncia y oposición sobre el crimen de la esclavitud. Más aún, la consideró inhumana y contraria a la voluntad de Dios. No había excusa alguna para seguir permitiéndose la explotación de una persona o grupo por otra. A pesar de todas las dificultades e incomprensiones de su tiempo, Wesley logró convertir a muchos esclavos negros y en otros casos consolarlos en su sufrimiento. Esta opción significó peligros, tanto para él como para sus seguidores.

Finalmente, Wesley antes de morir, una semana antes, escribió una carta a Wilberforce animándole a seguir con la cruzada contra el comercio de esclavos.

2. La Obra Social y Educativa.- Estos aspectos son parte de la misión de la Iglesia, que expresan el amor de Dios (Mateo 22: 37-39). La acción social tiene como propósito concientizar al ser humano de que su responsabilidad es participar en la construcción del reino de Dios, promoviendo la vida en condiciones más humanas. Para lograr este propósito, la Iglesia promueve la participación de los cristianos en la solución de las necesidades personales, sociales, económicas, de trabajo, salud, escolares u otras fundamentales para la dignidad humana. Propugna el cambio estructural de la sociedad para que permita la integración social de los individuos y de las poblaciones pobres. Ya hemos visto anteriormente la dedicación y preocupación de Wesley por este aspecto. Este ejemplo es actualmente seguido por muchos metodistas en todas partes del mundo.

La obra educativa es otra tarea que Wesley puso mucho énfasis en su reflexión y quehacer teológico. A él le interesó que sus seguidores fuesen más educados y sus predicadores más eficientes. Para lograr este objetivo publicó libros, panfletos y revistas. Fundó escuelas especialmente para niños pobres, entre las más famosas está la escuela de Kingswood (1748), en una aldea minera cerca de Bristol (Proverbios 22:6). Un tercer esfuerzo fue el apoyar las escuelas dominicales como un medio para revivir la religión a través de la nación. Hoy en día los metodistas en todo el mundo han establecido instituciones educacionales en varias partes del mundo, desde kindergartens, escuelas primarias y secundarias, hasta universidades y seminarios teológicos, con el propósito de cultivar la mente y el espíritu (Romanos 12:1-2).

Nuestros centros y programas educativos tienen como fines y objetivos:

a) Fomentar la educación en los sectores menos privilegiados.

b) Formar un sujeto consciente, crítico y creador de su historia.

c) Hacer consciente al educando que la vida hoy se entiende más como comunidad y no tanto desde un punto de vista individualista. Por lo que el hombre queda definido principalmente por la responsabilidad ante Dios, su prójimo y la historia.

d) Que busque una relación con otras personas, individual y colectivamente de tal forma que el amor, la justicia y el perdón de Dios sean una vivencia palpable para el educando.

e) Proporcionar una educación para el trabajo no explotable, sino el ejercicio solidario de la autorealización de la persona, en la producción de bienes y servicios sociales para el bien común.

f) Orientar la educación hacia la liberación y afirmación del ser nacional en la diversidad, canalizando los esfuerzos de toda una cultura original y fecunda, hacia una sociedad justa y de plena participación.

g) Desarrollar una pedagogía que contribuya a enriquecer su entendimiento en la fe cristiana y extender su conocimiento del mundo en que vive.

3. El Credo Social.- La Iglesia Metodista afirma su responsabilidad cristiana por el bienestar integral del ser humano como consecuencia de su fidelidad a la Palabra de Dios expresada en las Escrituras. Esa conciencia de responsabilidad social constituye parte de la preciosa herencia confiada a los metodistas por el testimonio histórico de Juan Wesley. De ahí que el ejercicio de esa responsabilidad sea inseparable a la misión de la Iglesia Metodista en el mundo.

Finalmente, en el presente siglo de gigantesco progreso científico y tecnológico, la Iglesia Metodista reafirma un anhelo de Wesley: unir ciencia y piedad vital hace tanto tiempo separadas. Actualmente la Iglesia Metodista ha elaborado un Credo Social[56] con el fin de sintetizar su teología sobre la responsabilidad y quehacer del metodista en relación con el prójimo y la sociedad en general:

CREDO SOCIAL

·Creemos en Dios, creador del mundo; y en Jesucristo el Redentor de la creación. Creemos en el Espíritu Santo, a través de quien recibimos los dones de Dios, y nos arrepentimos de pervertir estos dones hacia fines idolatras.

·Afirmamos el mundo natural como obra de Dios y nos dedicamos a su preservación, enriquecimiento y a que sea usado en forma correcta por la raza humana.

·Con regocijo recibimos para nosotros y los demás, dones tales como la comunidad, la sexualidad, el matrimonio y la familia.

·Nos comprometemos a respaldar los derechos de los hombre, mujeres, los niños, los jóvenes y los ancianos; a mejorar la calidad de vida y a respaldar el derecho y la dignidad de las minorías étnicas y religiosas.

·Creemos en el derecho y el deber que tienen las personas de trabajar para el bien de sí y de otros, y en la protección de su bienestar al hacerlo así; en los derechos a la propiedad como dadiva de Dios, en la negociación colectiva, en un consumo responsable y en la eliminación de los males económicos y sociales.

·Nos consagramos a la búsqueda de la paz y hacer que reine la ley y la justicia entre las naciones.

·Creemos en el triunfo presente y final de la Palabra de Dios en los asuntos humanos, y gozosamente aceptamos la tarea de vivir conforme al Evangelio en este mundo. Amén.

4. La Transformación de la Sociedad.- Tal vez este punto sea el lado fuerte de la identidad metodista, que partiendo de su fe firme en el Señor, asume el compromiso de ser un agente de transformación en el mundo. Retomando el pensamiento de Wesley, en el sentido de que nuestra santidad social se da en el amor al prójimo y que en el Evangelio de Cristo no hay lugar para una religión solitaria, ni menos para una santidad individualista, sino una religión y santidad social, es que resaltamos el aspecto social de la vida cristiana.

Esta actitud conlleva a ejercer una crítica a los sistemas y valores que gobiernan a nuestra sociedad actual. Este ejercicio de la crítica no sólo debe ser teórico, sino que debe ser puesta en práctica en el todo quehacer cotidiano. Transformar los sistemas inhumanos e injustos no es una tarea fácil y a corto plazo, se necesita para lograr tal propósito ser perseverantes en aquellos valores que permitan generar una vida más digna. Estamos convencidos que los únicos valores que han de permitir este cambio social son aquellos enseñados por nuestro Señor Jesucristo.

De aquí que el orden político-social y económico no sea ajeno al quehacer del cristiano metodista, menos la es su responsabilidad civil y la solución de los problemas sociales. Juan Wesley al proclamar que el mundo es nuestra parroquia, estaba diciendo que lo que pasa en este mundo no nos es ajeno y que debemos ser los agentes del Señor para el cambio, o al decir de Pablo: “somos colaboradores de Dios.”[57] Por otro lado, toda la obra realizada por Wesley estuvo dirigida a transformar su nación y por consiguiente el mundo. Esa es nuestra herencia metodista.

Evaluación.

El Amor al Prójimo (Santidad Social)

1.- ¿En qué consiste el amor al prójimo?

2.- ¿Qué son las Obras de Misericordia?

3.- Para practicar la verdadera santidad es necesario dejar de acumular riquezas materiales y para ello se dan tres consejos sabios:

a)..................................................................................................................................

b)..................................................................................................................................

c)..................................................................................................................................

4.- Las Sociedades y Clases lograron recolectar

5.- En la página 26 de este curso dice que otro aspecto que preocupó a Wesley fue:

6.- ¿En qué consiste la Obra Social y Educativa?

7.- ¿Cuáles son los fines y objetivos de nuestros centros educativos metodistas?

8.- ¿En qué consiste el Credo Social?

9.- ¿Describa en qué consiste la Transformación de la Sociedad?

C. El Espíritu Organizador.

Si hay algo que caracteriza a un metodista en el mundo es su espíritu organizador. Wesley nos dejó como herencia este aspecto, el cual está presente en la vida personal y social del creyente, y de manera especial, en la iglesia. El no estuvo lejos de los actuales conceptos que se tiene sobre organización, en el sentido de “poner orden donde existe el caos, evitar conflictos personales sobre asuntos de trabajo o responsabilidad, y crear un ambiente favorable para el trabajo en equipo. Implica igualmente tener presente al factor humano –que las tareas deben adaptarse a la gente, con todas sus virtudes y debilidades, y que la gente debe motivarse.”[58] La iglesia no es ajena a esta realidad. Es por eso que Wesley organizó el movimiento metodista de una manera tal que facilitara el desarrollo de la Misión. De ahí el surgimiento de las sociedades, las clases, el ministerio laico y la disciplina. Ese fue el secreto de su éxito como conductor del gran movimiento de avivamiento del siglo XVIII.

1. Las Sociedades.-[59] Esta fue una forma de organizar en células a las personas que tenían interés por su salvación personal. Para ello se tenían servicios de predicación, reuniones de oración, de testimonio, consejería pastoral, estudios bíblicos y ayuda social. Estas personas se reunían una vez a la semana, los jueves en la noche. Wesley esperaba que sus integrantes asistieran a los servicios de la Iglesia de Inglaterra. En realidad las sociedades metodistas eran anexos de la iglesia oficial. Luego surge la necesidad de dividir cada sociedad en pequeños grupos denominados clases, con el fin de hacer un seguimiento más cercano a cada persona que había sido convertida. La conformación de cada clase dependía según el domicilio de cada integrante. Cada clase contaba con una docena de participantes, en el que a uno de ellos se le daba el título de líder. Esta persona tenía una experiencia cristiana madura, visitaba a los convertidos por lo menos una vez a la semana, recibía la ayuda para los pobres, se informaba sobre el progreso de la salvación, aconsejaba, reprendía, consolaba y exhortaba. Luego se reunía semanalmente con el pastor para informar sobre el progreso espiritual de sus miembros, las contribuciones recibidas, sobre el estado de los enfermos y los casos de disciplina.

Otro aspecto de la organización de las sociedades metodistas lo constituyeron la formación de pequeños grupos religiosos llamados bandas y compañías selectas. Las bandas eran pequeños grupos de personas que pensaban igual y se reunían semanalmente para asuntos religiosos, especialmente para confesar sus pecados, revelar las tentaciones y sus triunfos, también para exponer sus problemas y recibir la ayuda espiritual al respecto. Las compañías selectas eran grupos muy pequeños e íntimos, que se reunían con la finalidad de estrechar lazos de amistad y reproducir los primeros tiempos de la iglesia primitiva.

Esta forma de organización del movimiento metodista refleja el genio de su fundador y que al pasar el tiempo ha significado una impactante y original contribución a las demás iglesias.

Hoy en día estamos lejos de aquella experiencia, pero sería bueno retomar dicha experiencia y contextualizarla de acuerdo a nuestros tiempos y generar diversas formas de organización para la Iglesia. Por ejemplo la iglesia puede organizarse en diversos grupos de interés: niños, adolescentes, jóvenes, adultos jóvenes, adultos, varones, mujeres, oración, estudios bíblicos, reflexión sobre la realidad social de la sociedad, música y canto, servicio social, clubes deportivos, participación política en la sociedad, escuela de líderes, etc.

2. El Ministerio Laico.-[60] Dar un lugar a los laicos (hombres y mujeres) en la vida de la iglesia y desarrollo del movimiento, da muestra una vez más del don de la organización que poseía Wesley. El se dio cuenta de la gran importancia que constituía el enorme potencial laico al que tenía a su disposición para desarrollar la gran tarea. La mayoría de los líderes de clase, los mayordomos que cuidaban los asuntos financieros, los predicadores, todos ellos eran laicos. Wesley reclutó a los predicadores laicos para extender el Evangelio por todos lados y a su vez les dio responsabilidades espirituales. Este gran sector fue sin duda la gran reserva de vitalidad religiosa que Wesley canalizó para dar el gran impulso a su movimiento. Era el “poderoso ejército” o “jinetes rústicos” que llenaba una necesidad práctica para la expansión y consolidación de la Iglesia. Estas personas no estaban entrenadas ni eran muy ilustradas, pero tenían una pasión por difundir la santidad. Sobre todo este aspecto es bueno tener la opinión del misionólogo contemporáneo Guillermo Cook sobre el don singular que tenía Wesley para:

"...descubrir talentos naturales y dones espirituales en otros y ponerlos a trabajar en las estructuras de las nuevas comunidades de base, aun si esto significaba romper las prácticas eclesiásticas establecidas...Dentro de las Sociedades Metodistas , fueron entrenados dirigentes del sector popular, quienes, de otro modo, nunca hubieran hecho una contribución ni a la sociedad ni a la iglesia. Este liderazgo fue una fuerza significante en la evangelización y en la organización de los sindicatos industriales. Posiblemente uno en cada cinco de los miembros metodistas fueron animados por Wesley a trabajar en ministerios significativos, incluyendo mujeres."[61]

Actualmente nuestras iglesias están compuestas por una gran cantidad de laicos (niños, adolescentes, jóvenes, varones, mujeres, adultos mayores) que muy bien podrían involucrarse en el trabajo total de la Iglesia y servir según los dones recibidos y al llamado del Señor.

3. La Organización Eclesial.- La Iglesia es el instrumento que Dios utiliza para revelar su amor a un mundo que aún no le conoce ni le ama. La Iglesia es un organismo, es el “cuerpo de Cristo” para hacer su Obra en este mundo y como tal necesita tener una organización que facilite este propósito.

En los tiempos de Wesley el movimiento de avivamiento había crecido y expandido de tal manera que hubo que establecer una organización que posibilitara su desarrollo. Como ya hemos visto anteriormente, Wesley organizó las sociedades, las clases, las bandas y las compañías selectas. El propósito era volver a la práctica de las primitivas doctrinas evangélicas más que en la creación de una reforma eclesiástica, pero debido al crecimiento de las sociedades, éstas tuvieron que sufrir modificaciones.

La Conferencia era el organismo máximo que reunía a los clérigos y predicadores, se reunía cada tres meses para evaluar y supervisar la Obra, además de atender los asuntos administrativos y eclesiásticos.

Después de muchos años, el Metodismo mantiene su organización primitiva, con excepción de algunos cambios. Actualmente existe una Conferencia General que reúne a las diversas conferencias de un país y éstas a su vez a las conferencias distritales y locales. El cuerpo pastoral está compuesto por presbíteros y predicadores laicos, de ambos géneros. Dentro de los presbíteros se elige un obispo que preside la Iglesia y la Conferencia General. De acuerdo al número de la feligresía, la Iglesia puede tener más de un obispo, pero uno de entre ellos es el obispo presidente.

En nuestro caso como Iglesia Metodista del Perú estamos organizados de la siguiente manera:

- Iglesia Nacional: Asamblea General/Junta Nacional de Coordinación.

- Distritos: Asamblea Distrital/Junta Distrital.

- Iglesias locales: Asambleas locales/Mesa Directiva.

El espíritu de nuestra organización es democrático, inclusivo, participativo y pluralista. Cada miembro metodista es una unidad de la Iglesia; el conjunto de ellos y ellas conforman la iglesia local; la suma de iglesias locales da lugar al Distrito, el conjunto de Distritos Eclesiales es lo que constituye la Iglesia Nacional. Actualmente existen muchos documentos acerca de nuestra organización, nosotros recomendamos los siguientes: “Metodismo con método, manual de la iglesia local” y “Manual de Miembros de la Iglesia Metodista”[62]

4. Los Reglamentos y La Disciplina.- Los Reglamento y la Disciplina son un conjunto de normas tendientes a regular las acciones y decisiones de los miembros de la Iglesia, así como de los organismos locales, distritales y nacionales. El único objeto de las reglas y reglamentos es ayudar a la Iglesia a cumplir su divina misión, así lo entendía Wesley. Este conjunto de normas está enmarcado en una Constitución y un Reglamento, lo que constituye la Disciplina de la Iglesia. Si damos un vistazo a la Constitución de nuestra Iglesia Metodista del Perú y encontramos la siguiente estructura:

1. INTRODUCCIÓN HISTÓRICA.

2. PREÁMBULO.

3. CONSTITUCIÓN DE LA IGLESIA METODISTA DEL PERÚ.

a) Autorización, Nombramiento, Fines, Personaría Jurídica y Reglamento.

b) Artículos de fe y Principios Generales.

c) De los Miembros y Ministerio de la Iglesia.

d) De la Organización.

e) De las Reglas Restrictivas.

f) De las Asambleas de Distrito.

g) De la Congregación Local.

h) Del Episcopado.

i) De los Superintendentes de Distrito.

j) De la Administración Judicial.

k) De las Reformas a la Constitución.

l) De los Artículos de Fe y Credos Ecuménicos.

4. REGLAMENTO

a) Iglesia Local.

b) Los Distritos.

c) El Ministerio.

d) La Asamblea General.

e) Sistema Judicial.

5. APÉNDICE.

6. REGLAMENTO INTERNO DE LA ASAMBLEA GENERAL Y REGLAMENTO DE LAS COMISIONES DE ESTUDIO.

Evaluación.

El Espíritu Organizador

1.- ¿En qué consistió el Espíritu Evangelizador?

2.- ¿Qué son las Sociedades?

3.- ¿En qué consiste el ministerio laico?

4.- ¿Hay semejanza o diferencia en el laicado del siglo XVIII y el laicado de nuestra Iglesia Metodista del Perú hoy? ¿Cuáles son?

5.- ¿En qué consiste la organización Eclesial?

6.- ¿Cuál era el organismo máximo que reunía a clérigos y predicadores en tiempo de Juan Wesley?

7.- Describa ¿Cómo está organizada estructuralmente nuestra Iglesia Metodista del Perú?

8.- ¿Cuál es la utilidad del Reglamento y la Disciplina en nuestra Iglesia Metodista del Perú?

9.- ¿Se está aplicando actualmente la Disciplina a nivel nacional y en las Iglesias locales?

10.-Haga un bosquejo de cómo está organizada nuestra Iglesia Metodista del Perú, según la Constitución y Reglamento.

D. El Espíritu Ecuménico.

La unidad cristiana se basa en el entendimiento teológico de que por medio de la fe en Jesucristo somos hechos miembros en común del cuerpo de Cristo[63] Jesús antes de ser entregado para ser crucificado oró por sus discípulos, pero especialmente para que vivan juntos, que sean un solo cuerpo. Y el propósito de esta unidad es para que el mundo crea en Él. Esta súplica de ser un solo cuerpo de alguna manera es un mandamiento y una responsabilidad. Como cristianos nuestro deber es estar unidos por un mismo Señor, una misma fe y un solo bautismo, tal como el apóstol Pablo nos exhorta.[64] No debería haber nada que nos aparte del amor de Dios y nos separe entre nosotros.

Nuestra Iglesia es un espacio donde es posible poner en práctica esta voluntad del Señor. La Iglesia Metodista desde sus comienzos practicó este espíritu ecuménico, su fundador Juan Wesley en una oportunidad dijo: “Si tu corazón es como el mío, dame la mano y mi hermano serás.”[65] Con ello quería decir que para realizar la tarea de proclamar el amor de Dios y anunciar sus Buenas Nuevas, no debe haber ningún impedimento, basta el amor y la tolerancia. Durante mucho tiempo esta práctica permitió que muchas personas de diversas prácticas de fe y situación social pudieran colaborar desinteresadamente en la tarea de evangelizar y enseñar a toda criatura en el mundo.

Hoy en día cuando el mundo cada vez más se separa por cuestiones de creencias religiosas, ideologías, costumbres y modas, hasta llegar a la guerra, a pesar de plantearse una convivencia común, vivir en la aldea global; nuestras iglesias son una alternativa de convivencia común, no como un postulado filosófico sino como obediencia al mandato del Señor. Vivir en unidad, con respeto, con tolerancia, es el mejor ejemplo que podemos ofrecer al mundo como resultado del amor de Dios en nuestras vidas. Todos somos llamados por el Señor a realizar la gran tarea de enseñar y proclamar Su Palabra, todos tienen lugar, nadie puede ser marginado por sus creencias. Nuestros fieles son los mejores testigos de este espíritu ecuménico.

Este estilo de vida es lo que nos debe diferenciar de todo aquello que pretenda dividir, destruir, violentar nuestro mundo. Esta práctica debe darse en todos los niveles de vida, debemos ser los testigos del Señor, ejemplos de Su amor, semillas de la unidad.

1. Relación fraternal con otros cristianos.- Los metodista respondemos al mandato bíblico-teológico y práctico de la unidad cristiana en todas sus dimensiones, tanto a nivel local, distrital, nacional y mundial. En ese espíritu de apertura y tolerancia tenemos encuentros fraternales con otros cristianos para proclamar la Palabra de Dios, celebrar juntos en cultos de adoración y alabanza, estudiar las Escrituras, trabajar unidos por el bien común de los demás en proyectos sociales, defender la libertad de cultos, realizar jornadas de oración por la paz, etc. Esta relación fraternal está basada en el amor de Cristo y con el único propósito de fortalecer la fraternidad humana y el entendimiento.

2. Visión amplia del Mundo.- Desde que Juan Wesley estableció que el mundo era su parroquia, el mundo entero pasó a ser parte de la misión de la Iglesia Metodista. Para realizar dicha misión es necesario tener una visión amplia del mundo en que vivimos. No estamos solos ni encerrados en las cuatro paredes del templo, estamos abiertos y expuestos a todo el acontecer cotidiano en la tierra. Hay que saber interpretar los tiempos y la voluntad del Señor, darnos cuenta de lo que está sucediendo más allá de nuestros horizontes y tener una actitud de solidaridad evangélica con aquellos que sufren los efectos de la intolerancia racial, social y religiosa. Todos somos criaturas de Dios y él nos llama a ser prójimos y testigos de todas las gentes.

Como Iglesia Metodista somos puestos en este mundo en tinieblas como una luz que debe brillar para todos. El mundo gime por su redención[66] y nosotros somos los colaboradores de Dios para lograr esa redención.[67]

3. Colaboración con Organismos que buscan el bien común de las personas.- Nuestro espíritu ecuménico de buscar la unidad de todos los seres humanos en la tierra y lograr el bien común de todos, nos permite relacionarnos con organismos que procuran este fin. Para ello ofrecemos nuestros mejores dones y recursos al servicio de la humanidad. Nuestro mayor interés al colaborar con entidades eclesiásticas y seculares, es el logro de la justicia social. Reconocemos que solos no podemos realizar esta tarea y que el Señor al crear este mundo nos hizo a todos responsables de su Creación. Nuestro apoyo va desde la defensa ecológica del mundo natural hasta la defensa de los derechos de todas las personas. En esta unidad buscamos resolver una serie de problemas que afronta el mundo y que exige una respuesta inmediata: injusticia, guerra, explotación, privilegios, población, crisis ecológica internacional, proliferación de arsenales de armas nucleares, desarrollo incontrolado de las transnacionales, las mafias y carteles, y el aumento de la tiranía en todas sus formas.

Toda esta situación hace que nuestro compromiso busque un significado del Evangelio en todos las cosas que dividen a la gente y que amenazan el crecimiento de la comunidad mundial.

Evaluación.

El Espíritu Ecuménico

1.- ¿En qué consiste el espíritu ecuménico en nuestra Iglesia Metodista?

2.- ¿Porqué nuestras Iglesias son una alternativa de convivencia común? De ejemplos.

3.- ¿A qué se refiere el autor cuando menciona que los metodistas debemos ser semillas de la unidad?

4.- ¿Porqué razón los metodistas debemos mantener relaciones fraternales con otros cristianos?

5.- ¿Qué significa tener una visión amplia del mundo?

6.- ¿Porqué debemos colaborar con otros organismos que buscan el bien común para todos?


 

III. LA TEOLOGÍA DE JUAN WESLEY.

El escritor metodista B. Foster Stockwell en su libro “La teología de Juan Wesley y la nuestra” sostiene que en la teología de Juan Wesley predominan ampliamente temas que tienen que ver con la redención humana y la vida cristiana. La doctrina de Dios (teología) y la cristología, ceden lugar a la soteriología, es decir, la doctrina de la salvación. Él en su quehacer teológico se dedicó a ser un evangelista itinerante, llamando a las multitudes al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo y reuniendo a los nuevos creyentes en células o sociedades para su edificación espiritual. Wesley estaba convencido que los principios de la Reforma estaban dados y lo único que faltaba era ponerlos en práctica en todos los aspectos de la vida, de ahí que volvió a proclamar el mensaje de la Reforma y no pretendió crear un nuevo sistema teológico propio del metodismo. Si intentáramos encontrar en todos sus escritos, en los catorce tomos de las Obras de Wesley, un tratado de teología sistemática, vano sería nuestro intento. Wesley optó por un tipo de teología práctica. Un tipo de teología que llegue más al corazón del hombre y no tan sólo a su mente. En resumen podríamos decir que la teología de Wesley es la doctrina de la justificación y del corazón ardiente. Desde este núcleo teológico desarrolla los demás aspectos de la doctrina cristiana.

Las fuentes teológicas que sirven de inspiración para su pensamiento son cinco a saber: las Escrituras, la razón, la experiencia, la tradición de la Iglesia y la creación natural.

1. La Sagrada Escritura.- Para Wesley los principios fundamentales de su teología se encontraban en la Escritura. Esta era su única regla de fe. Todos sus sermones están llenos de citas bíblicas, no en forma artificial, como textos de prueba, sino como la expresión natural de una mente cristiana por la Palabra de Dios. Pasó mucho tiempo traduciendo el Nuevo Testamento del original griego para sus lectores.

En su sermón sobre “El testimonio de nuestro propio espíritu”[68] Wesley pregunta: “¿Qué regla tienen los hombres para discernir entre lo bueno y lo malo, para dirigir su conciencia?” y responde diciendo:

"La norma del cristiano respecto de lo bueno y lo malo es la Palabra de Dios, los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento; todo lo que los Profetas y “los varones santos de la antigüedad” escribieron, “movidos del Espíritu Santo;” toda la Escritura que ha sido “inspirada divinamente” por Dios, y la que ciertamente “es útil para enseñar” toda la voluntad de Dios; “para redarguir” los errores; y para “instruir,” o educarnos, en “justicia” (2ª Timoteo 3:16-17).

Esta es una lámpara para los pies y una luz en el camino del cristiano; ésta es la única forma que recibe para discernir entre el bien y el mal, entre lo que verdaderamente es bueno y lo malo. No tiene nada por bueno sino lo que aquí se manda, bien directamente o como una consecuencia clara; nada considera como malo sino lo que aquí se prohibe, ya terminantemente, ya como una innegable deducción."

2. La Razón.- En muchos de los escritos de Wesley, la razón ocupa un lugar muy importante. Por ejemplo, en su obra “Un llamado ferviente a personas razonables y religiosas”[69], Wesley dice:

"Deseamos una religión fundada en la razón y de acuerdo a la razón; esto es, en armonía con la naturaleza de Dios y la del hombre y sus relaciones mutuas. Exhortamos encarecidamente a todos los que buscan una religión verdadera, a que hagan uso de toda la razón que Dios les haya dado, investigando las cosas de Dios.

Es razonable amar a Dios, que nos lo dio todo. Es razonable amar al prójimo y hacer el bien a todos los hombres. La religión que nosotros predicamos y vivimos está de acuerdo con la más alta razón."

En otro momento afirma que esto es un principio fundamental para todos los metodistas, que renunciar a la razón significa renunciar a la religión, que la religión y la razón van de mano en mano, y que toda religión irracional es falsa. Wesley vivió en una época racionalista y no estaba de acuerdo con los místicos que despreciaban a la razón, señalando más bien que el Señor y sus apóstoles razonaban constantemente con sus enemigos.

Finalmente, Wesley sostiene que la razón no puede engendrar la fe, ni la esperanza, ni el amor de Dios o al prójimo; pero nadie debe despreciarla, porque rinde grandes servicios en echar los fundamentos de la verdadera religión y en dirigirnos en la práctica de la vida cristiana. La razón humana es un regalo de Dios y no hay que menospreciarla ya que ésta nos es útil para el descubrimiento y la investigación de la verdad.

3. La Experiencia.- Esta tercera fuente de la teología de Juan Wesley es tal vez la más resaltante de su pensamiento. Él encuentra en la experiencia la prueba y la confirmación del Evangelio y el centro de la certidumbre cristiana. Esto no significa desmerecer la importancia insustituible de las Sagradas Escrituras, ni el valor de la tradición eclesiástica. Para Wesley el cristianismo según las Sagradas Escrituras es el cristianismo de la experiencia personal. Un sermón ejemplar sobre este asunto es: “El cristianismo bíblico”[70]. Quien tenga estas experiencias no dudarán de la verdad del Evangelio de Dios en Cristo, de la realidad del perdón de Dios y de la renovación sobrenatural de su vida.

Wesley a pesar de que muchas veces recurrió a los argumentos racionales, en última instancia apela a la experiencia religiosa personal y la conciencia íntima y constante de la presencia y obra de Dios. Esta apelación se convierte en una nueva manera de vivir la vida cristiana y se echan las bases de la teología del movimiento metodista; por extensión, de la teología evangélica actual.

Finalmente, Wesley después de treinta años de su experiencia de conversión, escribió en su segundo discurso sobre “el testimonio del espíritu”, “la experiencia es suficiente para confirmar una doctrina que se basa en las Escrituras.” [71]

4. La Tradición Cristiana.- Wesley tenía una admiración muy particular por los padres cristianos, desde Clemente de Roma hasta Cipriano, que corresponden a los tres primeros siglos de la iglesia cristiana; y esto porque ellos dan testimonio de su experiencia personal del evangelio. Consideró valioso el aporte de la Reforma del siglo XVI, ya que desde esa perspectiva la Iglesia Anglicana elaboró el Libro de Oración Común, los Treinta y Nueve Artículos de Fe, y las Homilías. Wesley encontró en dichos escritos su propia doctrina de la justificación por la fe y es por eso que tuvo una actitud muy crítica contra los ministros de su tiempo por haberse apartado de la sana doctrina.

5. La Creación Natural.- En la época de Wesley el racionalismo y la contemplación del mundo creado estaban en su apogeo, sin embargo, él consideraba que el mundo era un gran libro abierto en el cual Dios se da a conocer a sí mismo. En la naturaleza están escritas las maravillas del universo y que cualquiera puede apreciarlas. Pero no solamente es eso, sino que también se puede comprobar la perfección que solo puede provenir de un Ser creador y superior al ser humano. El firmamento, con todas las estrellas y cuerpos celestes, declara la inmensidad y magnificencia, el poder y la sabiduría de Dios creador. Los diversos fenómenos naturales manifiestan su poder y control sobre ellos. Pero, a pesar de todo ello, Wesley reconoce que nadie puede llegar al verdadero conocimiento de Dios simplemente contemplando el mundo creado, sino es por su revelación al ser humano.

Resumiendo podemos afirmar que las fuentes de la teología de Juan Wesley son cinco: las Sagradas Escrituras, la razón, la experiencia religiosa, la tradición eclesiástica y la creación natural. Pero las fuentes principales son sólo dos: Las Sagradas Escrituras y la experiencia religiosa del creyente. Para Wesley la razón ejerce cierta función crítica y reguladora en la reflexión, la creación natural ofrece al ser humano cierto material para la reflexión filosófica, y la tradición eclesiástica tiene hermosos tesoros que no deben despreciarse; pero la fuente principal son las Sagradas Escrituras, interpretadas y confirmadas por la experiencia del creyente cristiano.

Evaluación.

La Teología de Juan Wesley

1.- ¿En qué consiste la Teología de Juan Wesley?

2.- ¿Cuáles eran las fuentes teológicas de Juan Wesley?. Describa cada una.

3.- ¿Cuáles han sido los aportes de Juan Wesley a la Teología Cristiana actual?


 

BIBLIOGRAFÍA

· Curso de Administración, Koontz y D´ Donnell, Mc Graw Hill, 1972, USA.

· El Libro de la Disciplina Metodista, IMU, 1996, USA.

· El Wesley del pueblo, W. Mc. Donald, CUPSA, 1985, México.

· Genio y Espíritu del Metodismo Wesleyano, Gonzálo-Baez Camargo, CUP, 1962, México.

· John Wesley: Santidad de Corazón y Vida, Charles Irigoyen y Ruth Daugtherty, IMU, 1995, USA.

· Juan Wesley Evangelista, Francis Gerald Ensley, CUP, 1993, México.

· Juan Wesley: herencia y promesa, Justo L. Gonzáles, Publicaciones Puertorriqueñas Inc., 1998, Puerto Rico.

· Juan Wesley: su vida y su obra, Mateo Leliévre, CLIE, 1988, España.

· La teología de Juan Wesley y la nuestra, B. Foster Stockwell, La Aurora, 1962, Argentina.

· Manual de Miembros, DLC- Iglesia Metodista del Perú, s/f, Perú.

· Metodismo con Método, DLC-Iglesia Metodista del Perú, 1994, Perú.

· Obras de Wesley, 14 tomos, Wesley Heritage Foundation Inc., 1998, USA.

· Principios del Movimiento Metodista, Carlos T. Gattinoni, Edic. Servir, 1982, Argentina.

· Santiago: lectura latinoamericana de la epístola, Elsa Tamez, Editorial DEI, 1985, Costa Rica.


 

Responsabilidad de un Metodista

¿Cuál es nuestra responsabilidad como miembros de la Iglesia Metodista?

Todos deseamos que nuestra Iglesia Metodista cuente en sus filas con personas leales a Jesucristo y que tal lealtad sea a toda prueba.

En al Biblia encontramos reiteradamente la figura del edificio para referirse a la Iglesia o al cristiano. La Iglesia, o la persona, debe estar bien cimentada en Cristo. Un edificio, para que dure, debe ser construido con excelente material y estar sobre un buen cimiento. La madera tiene que ser bien calificada y los ladrillos haber tenido el tiempo necesario de cocimiento para adquirir dureza. Debe estar sobre roca firme y no sobre la arena, de lo contrario se derrumba a la primera tormenta (Efesios 2:19-22) (Mateo 7:24-27).

Por lo tanto, es necesario instruir al Probando de la palabra de Dios y en la Disciplina de la Iglesia. Que esté bien preparado antes de ser admitido como Miembro en Plena Comunión. Igualmente, el Miembro en Plena Comunión debe estudiar, en forma continuada, y meditar en la promesa que hizo en el Altar, delante de Dios, cuando fue admitido.

Las principales responsabilidades del Miembro de la Iglesia, las encontramos en las respuestas que da cuando el ministro oficiante le hace las preguntas siguientes, según el Ritual: ¿Seréis leal a la Iglesia Metodista, y la sostendréis con vuestras oraciones, vuestra presencia, vuestras contribuciones y vuestro servicio? ¿Os esforzaréis por ganar a nuevas personas para Cristo como testimonio de vuestra conversión a Él y de vuestra gratitud por su obra redentora?

Si el candidato desea ingresar a la Iglesia, deberá responder en forma positiva a estas preguntas, implorando la ayuda de Dios para no fallar.

¿Qué significa sostener a la Iglesia con sus oraciones?

Significa, en primer lugar, convencimiento profundo y sin dudar que Dios escucha la oración que se hace con fe y en sinceridad.

El miembro se compromete a orar continuamente a Dios para que su Iglesia sea llena del Espíritu Santo y reciba bendición.

Se compromete a orar por sus hermanos y sobre todo por aquellos que pasan por aflicciones. Creerá por lo tanto, profundamente en la oración intercesora. Será un convencido que la oración es la llave que abre puertas que él creía cerradas cuando no oraba.

Nunca será pesimista, sino que creerá en el poder de la oración (Mateo 26:41) (Efesios 6:18) (Colosenses 1:9) (1 Tesalonicenses 5:25) (Santiago 5:16).

¿Qué significa la responsabilidad de sostener la Iglesia con su presencia?

Significa que el miembro se responsabiliza de asistir continuamente a ella y que acudirá cada vez que se le precise. Debe ser un convencido que es una necesidad primordial estar en su Iglesia y que ella necesita de su presencia. Todos somos necesarios, pero hay que tener cuidado que no nos vaya a entrar el “ego” y creernos que somos indispensables.

Asistir continuamente a la Iglesia y tomar parte activa en ella constituye el mayor gozo, sobre todo sentirse parte de la Iglesia de Cristo, estando en comunión con sus hermanos (Salmos 16:11; 95:2).

¿Qué significa la responsabilidad de sostener la Iglesia con las contribuciones de su membresía?

Significa que es un don precioso que Dios ha puesto en el corazón del creyente. Significa reconocer que a través de todas las épocas la Iglesia ha precisado que sus hijos la sostengan. Una mano que se abre para dar con gozo al Señor, recibe la bendición de Dios. En una mano que se cierra, el Señor no encuentra lugar para depositar su bendición. (2 Corintios 9:6-7).

Es penoso escuchar: “La Iglesia no hace nada”, cuando quien lo dice nunca ha experimentado la alegría de contribuir. La iglesia necesita de nuestro aporte para realizar la obra de Dios entre las personas. Las ofrendas, diezmos y contribuciones se precisaron en los tiempos del Antiguo Testamento, como igualmente durante el desarrollo de la Iglesia Primitiva. Hoy día, con mayor razón, se necesitan de dichos recursos económicos, ya que es mayor el número de quienes deben recibir la palabra de Dios y los beneficios de ésta.

En el Antiguo Testamento se nos menciona que lo mínimo que se debía dar era el diezmo, es decir, el 10% de todos nuestros recursos (Malaquías 3:10). En el Nuevo Testamento el desafío es mayor, es entregarlo todo, incluso la vida si fuera necesario por la causa de Cristo.

Nuestra Iglesia responsabiliza a sus miembros a ser contribuyentes sistemáticos con sus diezmos, ofrendas, primicias y contribuciones. Negarnos a dar es faltar a nuestra fe, es contribuir al decaimiento de la Iglesia e impedir que ella lleve a cabo su misión.

¿Qué significa sostener la Iglesia con nuestro servicio?

Es reconocer que el Señor nos ha dado dones y talentos para ponerlos a favor de su Reino.

La Iglesia necesita del trabajo, el servicio de sus hijos, ya que ella ejerce una misión de restauración en el mundo, que es inherente a toda su obra. En consecuencia, debe trabajar en bien del amor, la paz y la justicia entre los seres humanos. Esta es una responsabilidad evangélica ineludible. (1 Corintios 3:9) (Josué 24:15) (Salmo 100:2) (Mateo 4:10) (Hechos 6:1-6) (Romanos 12:7).

¿Qué significa esforzarse por traer a otros a Cristo?

Significa que no puede haber crecimiento numérico en la Iglesia si sus miembros no testifican fuera del ámbito de la grey.

Hoy, más que nunca, los miembros de la Iglesia deben comprometerse a testificar en medio de una población humana densa y siempre creciente, donde hay miles que aún no han sido alcanzados por la palabra de Dios.

El miembro de la Iglesia, cuando ha recibido la bendición de convertirse a Cristo, no puede dejar de proclamar las buenas nuevas del Reino de Dios. Esto fue lo que hicieron los cristianos durante la época del desarrollo de la Iglesia Primitiva. Esto permitió que la Iglesia se transformara en una poderosa fuerza de vida, que nadie pudo detener ni derrotar. Es cumplir con la Gran Comisión de Jesucristo (Mateo 28:19-20).

Cuando Pedro y Juan fueron llevados ante los gobernantes de Jerusalén, con amenazas, ellos testificaron con mayor poder (Hechos 4:19-20).

El apóstol Pablo, tal como exhortara a la Iglesia en Roma (Romanos 10:14), hoy nos impulsa a testificar y nos da a entender que el anuncio de la palabra de Dios es imprescindible para el desarrollo del reino de Dios.

______________

(*) Tomado del Manual de Miembros de la Iglesia Metodista.


 

Retrato de un Metodista

Por: John Wesley

"Un Metodista es quien tiene el amor de Dios derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le es dado.

Metodista es todo aquel que ama al Señor su Dios con todo su corazón y alma y mente y fuerzas. El Metodista se regocija siempre, ora sin cesar, y en todo, da gracias a Dios. Su corazón está lleno de amor hacia toda la humanidad.

El Metodista es un cristiano purificado de la envidia, la ira, la malicia, y de todo afecto impío. Su único deseo y su única aspiración no es realizar su propia voluntad sino la de aquel le envió. El Metodista guarda todos los mandamientos de Dios, desde el más pequeño hasta el más grande. No sigue las costumbres del mundo, porque el vicio no pierde su naturaleza cubriéndose con ropaje de lo vistoso.

El Metodista no se conduce con vanidad. No amontona riquezas sobre la tierra ni se adorna con oro y trajes costosos. No participa en ninguna diversión que ostente la menor tendencia hacia lo malo. No habla mal de su prójimo. Tampoco miente. No pronuncia palabras duras o viles. Hace el bien a todos los hombres, ya sean vecinos, extranjeros, amigos o enemigos.

Estos son los principios y prácticas de nuestra denominación. Estas son las marcas de un verdadero Metodista. Por estas marcas querrán los Metodistas distinguirse de los otros hombres."


 

Principios Sociales de la Iglesia Metodista del Perú

Por Rev. Lic. Jorge Bravo C.

La Iglesia Metodista Unida tiene una larga trayectoria en su interés por la justicia social. Sus miembros con frecuencia han tomado posiciones claras y directas sobre asuntos que atañen a principios cristianos. Los primeros metodistas expresaron su oposición a la trata de esclavos, al contrabando y tratamiento cruel de los prisioneros.

La Iglesia Metodista Unida tiene una larga trayectoria en su interés por la justicia social. Sus miembros con frecuencia han tomado posiciones claras y directas sobre asuntos que atañen a principios cristianos. Los primeros metodistas expresaron su oposición a la trata de esclavos, al contrabando y tratamiento cruel de los prisioneros.

Compartimos estos principios Sociales de la Iglesia Metodista Unida (Estados Unidos) para su información y estudio personal frente a los temas que en estos días en el Perú se vienen tratando y es necesario que la Iglesia manifieste una voz clara desde el evangelio. Como Iglesia Metodista del Perú nos identificamos con estos principios, los cuales deben ser contextualizados según nuestra realidad.

La Iglesia Metodista Episcopal (del norte) adoptó un Credo Social en 1908. Dentro de la siguiente década, la Iglesia Metodista Episcopal del Sur, y la Iglesia Metodista Protestante adoptaron declaraciones similares. la Iglesia Evangélica Unida de los Hermanos adoptó una declaración sobre Principios Sociales en 1946 al tiempo de unirse la Iglesia Unida de los Hermanos y la Iglesia Evangélica. En 1972, cuatro años después de haberse unido en 1968, la Iglesia Metodista y la Iglesia Evangélica Unida de los Hermanos, la Conferencia General de la Iglesia Metodista Unida adoptó una nueva declaración sobre los Principios Sociales que fue revisada en 1976 (y por cada Conferencia General sucesiva).

Los Principios Sociales son el producto de un esfuerzo de oración y profunda reflexión de parte de la Conferencia General para dirigirse a los asuntos humanos en el mundo contemporáneo desde una fundamentación bíblico-teológica firme, como se ha demostrado históricamente en las tradiciones metodista unidas. La intención de estas tradiciones es el ser instructivas y persuasivas en el mejor de los espíritus proféticos. Los Principios Sociales son un llamado a todos los miembros de la Iglesia Metodista Unida para un diálogo de fe y práctica producto del estudio y la oración.

Al entrar en cada tema, abajo tiene sub temas enlazados para seguir leyendo.

ÍNDICE DE TEMAS:

Preámbulo

El Mundo Natural

La Comunidad Que Nutre

La Comunidad Social

La Comunidad Económica

La Comunidad Política

La Comunidad Mundial

Nuestro Credo Social

 

 

Los Diez Mandamientos

I

No tendrás dioses ajenos delante de mí.

II

No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos, sobre los terceros y sobre los cuartos, a los que me aborrecen, y que hago misericordia en millares a los que me aman, y guardan mis mandamientos.

III

No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.

IV

Acordarte has del día de reposo, para santificarlo: Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; más el séptimo día será reposo para Jehová tu Dios: no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas: Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, la mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día: por tanto Jehová bendijo el día del reposo y lo santificó.

V

Honra a tu padre y a tu madre, porque tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

VI

No matarás.

VII

No cometerás adulterio.

VIII

No hurtarás.

IX

No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.

X

No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.


 

¿Qué creemos los cristianos metodistas?

 

¿Qué creemos los crisitanos metodistas?

Hay una gran doctrina cristiana enseñada por JESUCRISTO que, fuera de toda duda, profesamos, y en la que creemos firmemente. Nuestra creencia religiosa se basa en la Palabra de Dios, que ha sido revelada, y que la conciencia iluminada del ser humano percibe y testifica. Esa creencia brota de la vida y carácter del Dios en quien creemos. La prueba final de validez se encuentra en el crisol de la vida donde hombres y mujeres luchan, y tropiezan, y pecan, sólo para levantarse de nuevo y rendirse en los brazos de un Dios perdonador y siempre amoroso.

Los principales conglomerados de creyentes protestantes y evangélicos, comparten las verdades que nosotros sostenemos. Es un honor para los metodistas el hallarnos en la corriente central del pensamiento cristiano, en todas partes del mundo. Esto no hace más que reforzar la validez de nuestra fe y poner en relieve cuán extensamente es aceptable nuestra confesión. Es propio, pues, que tratemos de expresar, en forma sucinta pero clara, los aspectos principales que constituyen lo que creemos los cristianos metodistas.

 

1. Creemos en Dios.

Dios es el Poder creador (Gén. 1:1) y sostenedor que obra en toda vida existente (Salmos 121), y por medio de ella.

Dios es una persona. Su personalidad trasciende nuestras limitadas personalidades humanas, pero estamos hechos a Su semejanza espiritual (Gén. 1:27). Dios conoce a cada uno de nosotros (Salmos 44:21; 139:1-12) y podemos tener con él una comunión personal y consciente.

Dios es amor. Dios ama a todas y cada una de sus criaturas y anhela la salvación y perfección de ellas. Dios no sólo nos da su Amor espontáneamente, sino que desea obtener nuestro amor como respuesta (1 Jn. 4:7-12.16).

No hay conflicto entre la justicia y la misericordia de Dios; ambas brotan de Su infinito amor por Sus hijos e hijas.

 

2. Creemos en Jesucristo.

Jesús es el Hijo de Dios, la divina y eterna Palabra hecha carne y morando entre los hombres (Jn. 1:14).

En Su vida sin pecado, Jesucristo reveló la naturaleza de Su Padre y Padre nuestro. Su infinita sabiduría es nuestra guía.

Su sacrificio en la cruz es nuestra redención, Su resurrección de entre los muertos es nuestra promesa de vida eterna.

Jesucristo vive hoy, invisible aunque siempre presente, y en aceptarlo como Salvador y Señor radica la esperanza de la humanidad para el presente y para el futuro.

 

3. Creemos en el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es la tercera manera en que Dios revela al ser humano Su actuar, Sus beneficios y Sus frutos en la vida de la Iglesia (Jn. 16:7; Luc. 11:13; Hech. 2: 1-4; Gál. 5:22-23).

Dios se manifiesta en el escenario de nuestra vida cotidiana, como el Señor y Dador de la vida: interpretando a nuestros corazones la voluntad divina, confortándonos en nuestros amargos momentos, despertando en nosotros el interés por lo eterno, estimulando nuestras almas al arrepentimiento por los pecados, testificando con nuestra vida que somos hijos de Dios.

La naturaleza del Espíritu Santo se halla a menudo más allá de los límites de nuestro conocimiento y comprensión, pero el hecho glorioso de Su presencia en nuestra mente y corazón, es la certidumbre central de nuestra experiencia cristiana.

 

 

4. Creemos en la Biblia.

Las Escrituras son el registro de la revelación progresiva que Dios hace de sí mismo por medio de personas inspiradas, y el relato de Su justo propósito en la historia, de conducir a la humanidad a la perfección final en Cristo.

La Biblia contiene todo lo que Dios requiere para la salvación, y es la regla suficiente tanto de la fe como de la conducta (2 Tim. 3:15-17).

La Biblia ha resistido todos los esfuerzos para destruirla; ha sobrevivido al estudio científico de sus páginas, y por su perdurable verdad ha confundido a sus críticos y se mantiene hoy más digna de crédito histórico, y más indispensable espiritualmente que nunca antes.

Es la Palabra eterna de Dios a todas las generaciones.

 

5. Creemos en el ser humano.

Mantenemos, como algo central, la dignidad y lo sagrado de toda personalidad humana. El hombre y la mujer están hechos a la imagen espiritual de Dios, y participan de Su carácter y comunión. El ser humano es mayor que el mundo por medio del cual Dios produce y sostiene Su vida.

Las Escrituras nos recuerdan que el ser humano es un pecador y que ha caído de la gloria de Dios. Sin embargo, por medio de la gracia, el ser humano puede levantarse por encima de su pecado y de las circunstancias que lo rodean. Su gloria estriba en su humanidad y no en su raza o su color.

Dotado de plena libertad de elección, puede descender al más bajo infierno, o elevarse a los más altos cielos. En él como persona, todo lo creado y los propósitos de Dios encuentran significación y valor.

 

6. Creemos en la salvación del pecado.

Esta experiencia viene por medio de la fe en Jesucristo como Salvador y Señor. Es un acto que implica arrepentimiento por los pecados pasados, y la aceptación de la misericordia y el perdón de Cristo.

La Salvación viene no por nuestros propios esfuerzos o por que alcancemos algún mérito. Es la dádiva libre de la gracia de Dios, que "muestra su amor por nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom. 5:8).

Así pues, Dios quita nuestros pecados, restaura Su imagen en nuestro corazón, y nos concede un nuevo nacimiento, otra oportunidad, mediante al amor inmerecido de Su Hijo y Salvador nuestro, Jesucristo.

 

7. Creemos en la experiencia cristiana.

Es el privilegio de toda alma redimida saber que sus pecados han sido perdonados, y tener la seguridad, mediante el testimonio que el Espíritu Santo añade al de su espíritu, de que es Hijo de Dios (Rom. 8,16).

La razón, como la Ley, puede ser un medio que nos conducen a Cristo. Sin embargo, nuestra más profunda seguridad no es el resultado de la razón, sino del arrepentimiento y de la fe. Muchas veces nuestra fe, sin avergonzarse de ello, se halla impregnada de una intensa emoción. Pero nuestra seguridad no es el producto de la emoción, sino de la certeza radiante de un Cristo que mora en nosotros, cuya misericordia nos ha limpiado, cuyo amor nos ha salvado, y cuya presencia en nuestro corazón nos ha dado poder y victoria.

La fe es una experiencia de vida y no una mera experiencia emocional. Toda conversión, para ser auténtica, tiene que demostrarse en "santidad de vida", tal como lo dice la Escritura (Rom. 6:22; 1 Tes. 3:13; 4:3.7; Heb. 12:14).

La experiencia del hombre integral, discerniendo el valor de las Escrituras, la tradición y la razón, mediante la acción vital del Espíritu Santo, viene a ser la autoridad final en cuanto a certidumbre religiosa.

 

8. Creemos en la perfección cristiana.

La gracia de Dios se manifiesta no solamente en el perdón de nuestros pecados. Es también redentora. El poder que opera en nosotros para hacernos perfectos en amor.

Nada que sea menos que la perfección, la semejanza a Cristo en pensamiento, palabra y hecho, puede dar la medida del amoroso propósito de Dios en cuanto a nosotros. Es fe nuestra, el que el cambio fundamental que se opera en el individuo por la regeneración, es un proceso dinámico, que por el crecimiento en la gracia, hace marchar hacia "el ser maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (Ef. 4:13).

Podemos apagar el Espíritu y caer de la Gracia, pero nuestro destino divino es el amor perfecto y la santidad en la presente vida.

 

9. Creemos en la Iglesia.

Esencialmente, la Iglesia no es una institución humana, sino una comunidad de los creyentes cuyo Señor es Jesucristo y en quienes El obra por su Santo Espíritu. Es la dádiva de Dios para la salvación del mundo, mediante la proclamación del Evangelio de las Buenas Nuevas a todo ser humano. Afirma las demandas de Cristo como Palabra de Dios encarnada y su título a la soberanía sobre toda vida humana.

La Iglesia es universal en naturaleza, es mayor que cualquier grupo que pretenda representarla exclusivamente, y está sobre toda nación y cultura, en medio de la cual establezca su residencia. Perteneciendo a todas las edades, desafía el paso de los siglos, y abarca dentro del cuerpo visible e invisible de sus miembros, tanto a los vivos como a los muertos.

Aunque compuesta de elementos así humanos como divinos, su naturaleza no mengua por las fragilidades de los pecadores perdonados que son sus miembros. La Iglesia es el cuerpo de Cristo (1Cor. 12:27), el instrumento de Su activo poder, y el vínculo de comunión entre todos los que lo aceptan como su Señor.

 

10. Creemos en el reino de Dios.

El reino de Dios significa la soberanía plena de Dios en todo el quehacer de la sociedad humana. La escala divina de valores para todo individuo, grupo y nación. Así como la perfección cristiana es la meta en la vida individual, en la sociedad humana la meta es el reino de Dios.

Su creación es una tarea de cooperación y solidaridad en que participa tanto Dios como el hombre. La norma de una sociedad redimida es el pensamiento de Dios.

Se alcanza mediante la energía espiritual que imparte Su espíritu en los corazones humanos, pero su consumación final viene poco a poco mediante los esfuerzos unidos de Dios y el ser humano, que trabajan unidos en la lucha por crear un orden nuevo y divino y hacer que Su voluntad sea hecha en la tierra así como en el cielo. El reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder y acciones concretas de amor en favor de los más pobres y marginados de nuestra sociedad (1 Cor. 4:20; Mat. 25:31-46).

 

11. Creemos en el juicio divino.

Dios no es solamente el Creador, sino también Juez de toda la tierra. Todos, hombres y mujeres, y aún las naciones están delante de Su tribunal (Mat. 25: 31-46).

La ley moral y la ética cristiana juzgan tanto al pecador como al santo. Más allá de todas las leyes, costumbres y opiniones humanas, está una ley divina que se mantiene absoluta e inmutable.

El ser humano puede quebrantarse así mismo y sus civilizaciones, cayendo contra esa Ley, pero la Ley misma permanece para siempre. Los juicios del Todo poderoso son verdaderos y perdurables.

12. Creemos en la Vida Eterna.

El hombre y la mujer, cuya existencia terrenal es tan breve e incierta, llevan, no obstante, la eternidad en su corazón, puesta ahí por el Creador. Las palabras de Jesús, y su Resurrección de entre los muertos, nos traen la seguridad de que para el cristiano la muerte será convertida en victoria (1 Cor. 15:54-55).

Dios es eterno, Jesús es el conquistador del sepulcro, y nosotros estando unidos con Él, compartimos su vida perdurable (Jn. 11:25).

La muerte es una puerta que conduce de un mundo natural a un mundo espiritual. Es una transición para entrar en el más profundo compañerismo de su más próxima presencia.

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Esta declaración no es, en modo alguno, una tentativa de trazar una teología sistemática para los metodistas. No abarca el horizonte entero de las creencias cristianas que profesamos. Es solamente un esfuerzo por destacar, en términos breves y sencillos, las doctrinas centrales del pueblo llamado metodista. Nuestra teología no ha sido jamás un sistema doctrinal estrechamente organizado. Jamás se ha insistido en la uniformidad del pensamiento o de las definiciones. Siempre se ha reservado a nuestros miembros la libertad para la investigación reverente. Nos sentimos orgullosos de nuestra herencia y hacemos hincapié en el famoso dicho de Juan Wesley: "En cuanto a opiniones que no lesionan la raíz del cristianismo, pensamos y dejamos pensar".


 

El Divorcio

INTRODUCCIÓN

I. REFLEXIÓN BÍBLICO-TEOLÓGICA SOBRE EL DIVORCIO

II. EL DIVORCIO DESDE LA PRÁCTICA DE JESÚS

III. EL DIVORCIO Y LA IGLESIA METODISTA

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

 

En el año 1989 la Iglesia Metodista del Perú conformó una Comisión de Ética integrada por el Rev. Juan Hollemweguer, Hna. Rebeca Salazar de Luza, Rev. Fernando Santillana y Rev. Jorge Bravo, para realizar un estudio acerca del Divorcio desde un punto de vista bíblico-teológico y pastoral, para dar respuesta a una serie de interrogantes existentes en el seno de la iglesia y en la sociedad sobre este asunto. El propósito original de este trabajo era ponerlo a disposición de la feligresía en general para su estudio y posteriormente ser tratado en una Asamblea General.

 

El documento en mención fue elaborado y presentado a la Junta General de Ministerio para que sea difundido en las congregaciones y luego ser tratado en la Asamblea General próxima.

 

Nosotros, integrantes de dicha Comisión y responsables de la elaboración del Documento, consideramos que asumir la responsabilidad de dar respuesta a preguntas que inquietan a la comunidad de fe con respecto al comportamiento de las personas en una sociedad determinada, es tarea que no puede postergarse ni soslayarse con respuestas triviales.

 

La cuestión sobre el divorcio y las preguntas que se hacen sobre este tema, tales como: ¿es permitido el divorcio desde el punto de vista bíblico? ¿se permite a una persona divorciada casarse de nuevo? ¿un pastor de la iglesia, puede divorciarse y volverse a casar?, es materia de nuestro presente trabajo.

 

Como Iglesia, sentimos que es urgente dar respuesta a todas estas preguntas que conturban la vida de la Iglesia, más allá de todo subjetivismo, para que nos sirva en adelante a ejercer una Pastoral más eficaz sobre el tema del divorcio. No ignoramos las diferentes controversias que existen sobre este tema y las diversas maneras de encararlo.

 

Quisiéramos aferrarnos a un texto bíblico para tener la solución a las preguntas ya planteadas, pero no es posible, ya que la práctica de Jesús trasciende el sentido de cualquier texto bíblico que pudiéramos citar. Es entonces que, en esa perspectiva de la práctica o pastoral de Jesús, nos remitimos a ella para hacer nuestra reflexión. Citaremos algunos ejemplos sobre lo que estamos afirmando.

 

a) En una oportunidad Jesús fue confrontado ante una discusión que dividía a dos grandes escuelas rabínicas; la que sostenía que el hombre podía divorciarse de su mujer por cualquier causa (Hillel), y la otra que afirmaba que el divorcio sólo se permitía en casos de infidelidad (Sammai).

 

Aquí Jesús tomó una opción apoyando la posición de la escuela Sammai.

 

b) Otro caso, cuando a Jesús se le puso entre dos adversarios y sobre un tema; el asunto del tributo al César, en la cual los fariseos sostenían que los judíos no debían de pagar impuestos a Roma, mientras que los herodianos sostenían lo contrario (Mt. 12: 15-21; Mc. 12: 13-17; Lc. 20: 20-26).

 

Más allá de todo proceso hermeneútico, Jesús decidió a favor de los herodianos.

 

c) Un tema candente era sobre la resurrección de los muertos. Los fariseos y saduceos diferían al respecto. Los saduceos afirmaban que no había resurrección, mientras que los fariseos afirmaban lo contrario (Mt. 22: 23-33; Mc. 12: 18-27; Lc. 20: 27-40).

 

En este asunto, Jesús favoreció a los fariseos.

 

d) Es curioso ver la actitud que Jesús tomó ante una situación de adulterio (Jn. 8: 1-11), a la que fue confrontado malamente por los escribas y fariseos, había que optar por la ley o el amor (objeto de su práctica).

 

Jesús se inclinó por el amor.

 

e) Otra situación se da cuando Jesús se encontraba en el desierto y era tentado por el diablo. Aquí la tentación giraba entre obedecer a Satanás, que utilizaba las Escrituras para su beneficio, o encararlo con las mismas Escrituras, desde una perspectiva de su señorío y autoridad como Hijo de Dios. (Lc. 4: 1-13; Mt. 4: 1-11).

 

Jesús se inclinó y optó por esta última posición.

 

¿Qué nos muestran estas actitudes de Jesús? Consideramos que dos enseñanzas podemos obtener:

 

1. Toda situación merece una consideración muy especial a la luz de la realidad en cual se genera y que la ley no puede ser aplicada, tan sólo por ser la ley.

 

2. El amor de Dios es más trascendente que la ley. En la prédica y práctica de Jesús, este amor pudo hacer muchas maravillas e infinidad de milagros; redimió al caído, perdonó al pecador, generó un nuevo proyecto de vida al que estaba muerto en vida; dio de comer a los hambrientos, sanó a los enfermos, etc. En resumen, el amor pudo más que la ley.

 

En lo que respecta a nuestro tema, el divorcio, queremos hacer las siguientes observaciones:

 

1. Con respecto a los vocablos griegos:

 

apolúo: Significa soltar, liberar, despedir, despachar, divorciar, perdonar, indultar. En ningún caso significa repudiar, que tiene otra connotación.

 

porneía: Cuyo significado es inmoralidad sexual; infidelidad. Es decir, falta de exactitud en cumplir con sus compromisos; inconsistencia en el cariño; falta de fe. Ausencia de fidelidad y amor. Según el Diccionario Conciso Griego-Español del Nuevo Testamento, el término infidelidad corresponde para los textos bíblicos de Mt. 5: 32; 19: 9, y no inmoralidad sexual. (1)

 

2. En cuanto al concepto:

 

· El divorcio sólo es permitido por causa de infidelidad (porneía) (Mt. 5:32; 19: 9).

· El divorcio disuelve el matrimonio y da derecho a la parte inocente a volverse a casar (Dt. 24: 1-4).

· El divorcio bíblico significaba la disolución total del matrimonio con el derecho a volver a contraer nupcias.

· Para los judíos era desconocida la prohibición de volverse a casar después del divorcio.

· El divorcio no es un problema moderno. Moisés, catorce siglos antes de Jesucristo, tuvo que legislar sobre el mismo. Jesús mismo lo encaró como una cuestión moral.

· Buscar el divorcio para resolver cualquier problema leve o como una salida fácil, no es bueno. El divorcio no es motivo de regocijo, más bien, de dolor, sufrimiento, reflexión seria sobre nuestra condición humana delante del Señor.

 

Hacemos este aporte teológico al pensamiento y a la pastoral de nuestra Iglesia Metodista, teniendo en cuenta que en oración y en todo sentido, el Espíritu del Señor nos ha acompañado.

 

La Comisión

­­­I. REFLEXIÓN BÍBLICO-TEOLÓGICA SOBRE EL DIVORCIO

 

El libro de Génesis presenta dos relatos de la Creación. En el primero, Dios hizo al ser humano a su imagen y semejanza, y como personas sexuales –hombre y mujer. A ellos les ordena ser fecundos y reproducirse (Gn. 1: 27-28).

 

En el segundo relato, Dios formó al hombre y le dio su Espíritu (Gn. 2: 7), colocándolo en un Paraíso –cosa que no sucede en el primer relato de la Creación. Después Dios le crea una compañera idónea al hombre (Gn. 2: 18), creando de esta manera a la mujer (Gn. 2: 22).

 

El hombre al salir de su letargo y al ver a la nueva criatura de Dios, él se reconoce en ella, y en las primeras palabras pronunciadas por el ser humano en la Biblia, declara que se ve reflejado en ella a través de una identificación total (Gn. 2: 23).

 

En el segundo relato, no existe una orden de sometimiento de la creación de Dios, ni de reproducirse; más bien se deja ver un orden social, donde las personas creadas son vistas como individuos, que se complementan el uno con el otro en todo sentido.

 

Este complemento se realiza a través de una relación: “Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn. 2: 23).

 

Esta unión se basa en una identificación y en la habilidad que el Creador nos da para amar el hueso y la carne que es “nuestro”.

 

Esto era al comienzo (en una relación edenista), pero se rompe con el acto de la ambición personal de querer ser como Dios, lo que lleva al ser humano a pecar, desobedeciendo la orden divina (Gn. 3: 4-5).

 

Debido a esta situación y para ordenar la sociedad, los grupos humanos tratan de regular las relaciones entre las personas creando leyes que regulan la unión del hombre con la mujer (matrimonio), así como la separación de éstos (divorcio).

 

El libro de Levítico en el capítulo 18 contiene leyes en cuanto a la unión conyugal y en Deuteronomio 24: 1-4 existen leyes que regulan el divorcio.

 

Es interesante notar que el pasaje sobre el divorcio, se halle dentro de una sección que regula y decreta la protección del débil y abusado (Dt. 23:16-25: 19).

 

La prohibición para volverse a casar después de darle libertad a la mujer (divorcio), era ajena a la cultura hebrea y judía. (2)

 

No existe ningún indicio bíblico que el matrimonio tiene su origen o fuese establecido como institución divina, o como sacramento eclesial o religioso. Es cierto que Jesús participó como invitado a una boda en el pueblo de Caná de Galilea (Jn. 2: 1-1), pero su presencia fue meramente social y su acción fue la de proporcionar el vino, a través de un milagro, a una celebración.

 

La palabra sacramento significa: recordar lo sagrado. Reconociendo que Dios es lo único sagrado, podemos decir que el matrimonio como acto celebratorio humano, nos recuerda únicamente la presencia del amor en la pareja, que Dios ha formado, en su creación; identificando en ese amor: “eres hueso de mis huesos y carne de mi carne”.

 

En su proyección histórica-social, el matrimonio es regulado por costumbres y normas culturales, tal como hemos visto. Las leyes o costumbres que lo rigen no establecen el matrimonio, sino que socialmente lo reconocen y lo regulan. La Iglesia lo reconoce con un significado nuevo dentro de lo santificado (apartado para Dios), mediante ritos que muestran una significación de la fe, que puede variar de una cultura a otra.

 

En el Nuevo Testamento vemos que en varias oportunidades, los fariseos y escribas confrontan a Jesús con la concepción acerca del divorcio (Mt. 19: 3-12; Mc. 10: 10-12), demandando de él una respuesta inmediata. Una forma de contestar, rehusando entrar en el juego del legalismo, fue: (Moisés)...os permitió dejar libre (3) a vuestra mujer; pero al principio no fue así (Mt. 19: 8).

 

De esta manera Jesús quiere volver a establecer ese orden inicial de la creación. Esta posición radical suya (volver a la raíz), lo lleva a oponerse, -como reflejo de su amor, a una ley que el pueblo tenía y que era imperfecta, frente a la a realidad de la sociedad, en especial a la situación de la mujer. La respuesta de Jesús es en defensa de la mujer.

 

Según la sociedad judía, la mujer podía ser divorciada por cualquier causa, especialmente de acuerdo a la escuela del rabí Hillel. De esta forma, la mujer divorciada, pasaba a ser criatura sin derechos humanos ni sociales, al no tener marido.

 

La posición de Jesús sobre el divorcio no era ciega, sino que respondía al amor y a la dignidad humana más que a la ley.

 

Es en esa línea que el apóstol Pablo también autoriza el divorcio cuando el cónyuge no es de la fe cristiana (1Co. 7: 15). Aquí Pablo determina que la falta de identificación y el buscar “vivir en paz como nos llama el Señor” justifica el divorcio o la separación de los cónyuges.

 

En el Evangelio de San Juan (8: 3-11), también vemos que los escribas y fariseos ponen a prueba a Jesús, en la disyuntiva de aplicar la ley, que destrozaba la vida, a pedradas, de una adúltera, o la acción del amor, que implica perdón y reconciliación.

 

Nuevamente se repite, en alguna forma, lo sucedido en el Edén. Los escribas y fariseos quieren ser dioses y tener el control de la decisión sobre la vida y la muerte, y quieren contaminar a Jesús, pidiéndole su elección: la ley que Moisés recibió de Dios o el amor que implica perdón y reconciliación de Yavé. Esta es la respuesta de Jesús a la mujer y a nosotros: “Tampoco yo te condeno, vete y en adelante no peques más” (Jn. 8: 11b).

 

Es el amor hacia el prójimo, especialmente para el que sufre la opresión de la ley esclavizante, lo que motiva a Jesús a tomar decisiones; para él, el matrimonio está fundado en el amor que viene a ser el “núcleo generador de relaciones que de otro modo no se sostendría” (4) Este amor es la fuerza y la única unión del matrimonio. Si se disuelve el vínculo del amor; si no existe la propia identificación en la otra persona –entonces, el vínculo legal de la ley matrimonial deja de tener todo sentido. La unión del amor es antes y mayor que la ley civil o el rito religioso, que son la consecuencia de la expresión de ese amor.

 

Alan Walker, refiriéndose al divorcio comenta:

...Jesús repudiaba las respuestas legalistas a todas las preguntas. Y así lo hizo con el divorcio. Elevó toda la cuestión al nivel de los grandes principios morales, espirituales y humanos...A la luz de su comprensión, firmeza y simpatía, ¿cómo aparecen las actitudes de la Iglesia moderna? No encuentro apoyo para la ‘línea dura’ adoptada hacia el divorcio y el nuevo matrimonio por algunas de las grandes iglesias del mundo...” (5)

 

En un proceso existencial de una sociedad cada día más compleja, donde las presiones sociales y psicológicas afectan las relaciones humanas, la Iglesia y los cristianos nos encontramos como Jesús, frente a disyuntivas críticas: la atadura de la ley (social o religiosa), o la libertad de Dios en la expresión del amor y de la reconciliación.

 

La situación de pecado en que vive la humanidad nos debe llevar a preguntarnos como iglesia: ¿es cristiano negar la realidad del divorcio en nuestra sociedad y en la iglesia, imperfectas aún? ¿es cristiano demandar que las personas vivan en relaciones quebradas y adulteradas por un “amor” diluido, manteniendo una relación de apariencia y negando el “vivir en paz como nos llama el Señor”?

Una ley de divorcio de por sí no genera permisividad; todo lo contrario, puede profundizar los lazos del amor cuando es real. Mantener la indisolubilidad por ley es una coacción externa, creadora de hipocresía. El amor está en la pareja y no necesita una presión de afuera para sostenerse. La ley regula otros aspectos del matrimonio que resultan socialmente de aquella opción de formar pareja. Con una ley de divorcio habría más coherencia entre el amor real y su expresión legal. Incluso, la posibilidad de la disolución del vínculo –que se supone no es por cualquier motivo- debe suscitar en la pareja una profundización y no una banalización de sus relaciones de amor.”(6)

 

El adulterio no resulta como consecuencia del divorcio. El adulterio puede existir en una matrimonio, cuando la unión está rota –ya hay pecado. “Puede haber algunos muy puros sexualmente, y que ya no aman, y entonces la unión está rota” (7) por lo tanto, también están en pecado de adulterio, aunque vivan juntos como marido y mujer, cumpliendo con la ley.

 

El divorcio no es motivo de regocijo. Es momento de reflexión seria, sobre nuestras vidas y las relaciones humanas. Es tiempo de oración y de amor, de perdón y reconciliación. El apóstol Pablo dijo que cuando uno sufre, todo el cuerpo sufre (1 Co. 12:26ª).

 

En todo divorcio hay personas que necesitan del amor de las personas que conforman la Iglesia más que la ley bíblica, porque más puede el amor de Dios.

 

Lo que Dios unió en amor de identificación mutua, ningún hombre lo separe. Entonces, podemos decir, que lo que Dios no une más, -al romperse ese amor de identificación- que lo separe el hombre.

 

II. EL DIVORCIO DESDE LA PRÁCTICA DE JESÚS

 

Hemos hecho una reflexión bíblico-teológica sobre el divorcio y para ello nos hemos remitido a las Escrituras. Sin embargo, en toda la Escritura hay una experiencia que no podemos dejar de lado y que fue anunciada desde el comienzo de la Creación, ésta es la práctica o pastoral de Jesús, en el cumplimiento de su misión, cuya fuente inagotable es el amor, producto de su misericordia.

 

Esta praxis de Jesús es la que nos inspira a tomar una alternativa con respecto al tema del divorcio.

 

Tomemos en cuenta tres situaciones, a manera de ejemplo, en las cuales la pastoral de Jesús se hace más notoria en relación al asunto de nuestro estudio, el divorcio.

 

1. Jesús da una nueva ley sobre el divorcio (Mt. 19: 1-12).

 

Es bueno señalar que antes de producirse la controversia con los fariseos sobre el divorcio, Jesús sanó a toda una multitud que lo seguía y había puesto su esperanza en él. Jesús ejerció su poder por amor y misericordia.

 

Los fariseos confrontaron a Jesús con una pregunta maliciosa acerca del divorcio. Jesús les contesta que al principio no fue así (Mt. 19: 8b), y su respuesta al asunto es una nueva propuesta, es decir, una nueva ley sobre el divorcio, en la que el sujeto de esa nueva ley es la mujer.

 

Se trata de una defensa de la mujer, que según una postura judía, ésta podía ser divorciada por cualquier causa (Mt. 19: 9).

 

Ya hemos visto acerca del significado de los vocablos griegos: apoluv (apolúo) y porneia (porneía). Esto nos da pie para considerar la única excepción que hace Jesús, “sólo por causa de infidelidad”, es decir, cuando se produce el deterioro de relaciones de amor y de fidelidad en la pareja.

 

2. Jesús y una divorciada (Jn. 4: 1-42).

 

En este punto tengamos en cuenta el aporte del Dr. Alan Walker:

El divorcio no es un problema moderno. Moisés siglos antes de Jesucristo, tuvo que legislar sobre él. Jesús lo encaró como una cuestión moral. En este pasaje vemos una situación de una mujer samaritana que ha tenido cinco maridos; no es la moderna Hollywood, sino la antigua Sicar.

Infortunadamente, el Nuevo Testamento parece poner en boca de Jesús dos respuestas diferentes: una en Marcos 10: 1-12 y la otra en Mateo 19: 1-12; basar la actitud de Cristo hacia el divorcio en Marcos o en Mateo me parece un error. Jesús repudiaba las respuestas legalistas a todas las preguntas. Y así lo hizo con el divorcio. Elevó toda la cuestión al nivel de los grandes principios morales y espirituales -y humanos. En todos los dichos de Jesús sobre el divorcio, reconoce el divorcio de Moisés con grandes limitaciones, y que el pecado humano hace que el divorcio sea casi inevitable.

El divorcio no es un impedimento para que se reciba el don de la vida eterna que él le ofrece.

A la luz de su comprensión, firmeza y simpatía, ¿cómo aparecen las actitudes de la Iglesia moderna? No encuentro apoyo para la ‘dura’ adoptada hacia el divorcio y el nuevo matrimonio por algunas de las grandes iglesias del mundo. Creo que de alguna manera, Jesús sin debilitar en lo más mínimo la santidad del matrimonio, ofrecía todavía los ministerios de su gracia en el servicio del matrimonio y la Santa Comunión a aquellos que ‘por la dureza sus corazones’ hubieran fallado y pecado. Por manchados y sucios que estemos, él viene a nosotros ofreciéndonos su todo” (8)

 

3. Jesús y la mujer adúltera (Jn. 8: 1-12).

 

Otra vez nos encontramos con Jesús en plena actividad, se hallaba enseñando a todo un pueblo y de pronto aparecen en la escena los escribas y fariseos con una situación muy delicada, y esperan que Jesús de un traspié ante la pregunta: “tú, pues, qué dices?” (Jn. 8: 5b).

 

Hay una actitud de Jesús frente a ellos, -no les hace caso, prefería seguir enseñando al pueblo- se pone a escribir con el dedo en el suelo. Los escribas y fariseos insisten sobre el asunto, quieren saber si Jesús va a permitir que se cumpla la ley -en este caso, la mujer debe ser apedreada. Lo contrario, sería desobedecer con la ley y entonces debe ser acusado.

 

Ante la insistencia de ellos, Jesús los confronta con la acción y les dice, en otras palabras: “está bien, pueden ejecutar la pena, pero el primero en hacerlo, será aquel que no ha violado esa misma ley” -es decir, no haya pecado.

 

Ya sabemos el resultado, nadie se atrevió a aplicar la pena y Jesús al ver que no estaban los acusadores y la mujer se encontraba sola, tal vez esperando la pena, y ante la expectativa de todo un pueblo que estaba siendo enseñado por él, se permite hacer una excepción a la ley: “Ni yo te condeno, vete y no peques más” (Jn. 8: 11). De allí su afirmación válida al final de la historia: “Yo soy la luz del mundo” (Jn. 8: 12b).

 

De esta actitud tomada por Jesús podemos llegar a la siguiente reflexión:

 

a) Si a Moisés se le permitió legislar sobre el adulterio y el divorcio, por la dureza del corazón del hombre, ahora, en vista del abuso de que se hace de la ley y ha hecho más grave la situación del ser humano, Jesús da una excepción por causa del amor y la misericordia de Dios, la ley no se aplicará.

 

b) Jesús en ningún momento desconoció la ley, al contrario, la tuvo en cuenta, pero esa misma dureza de corazón la anula y se reemplaza por una nueva ley: el amor.

 

Partiendo de esa práctica de Jesús, la Iglesia debe tenerla en cuenta en toda su pastoral, sea cual sea el problema que tenga que atender, no solamente el divorcio.

 

De ahí que este asunto del divorcio lo confrontamos desde la pastoral de nuestro Maestro, que nos dijo: “Yo soy a luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8: 12b).

 

III. EL DIVORCIO Y LA IGLESIA METODISTA

 

La Iglesia Metodista en el Perú fue parte de la Conferencia Central de la Iglesia Metodista Episcopal de los Estados Unidos y luego de la Iglesia Metodista Unida hasta el año 1970, año de la autonomía nacional, estableciéndose desde esa fecha como Iglesia Metodista del Perú.

 

Desde 1960, en el Libro de Doctrinas y Disciplina de la Iglesia Metodista, en su artículo 356 se lee:

En vista de la seriedad con que las Escrituras y la Iglesia consideran el divorcio, un ministro puede solemnizar el matrimonio de una persona divorciada solamente después que un cuidado asesoramiento pastoral le permita descubrir a satisfacción que: (a) la persona divorciada tiene suficiente conciencia de los factores que condujeron al fracaso de su matrimonio anterior; (b) la persona divorciada está preparándose sinceramente para hacer del matrimonio proyectado un verdadero matrimonio cristiano; (c) haya transcurrido suficiente tiempo para una adecuada preparación y asesoramiento.”

 

Es obvio que tanto el divorcio como el segundo matrimonio han sido admitidos y reconocidos por la Iglesia después de ciertos requisitos.

 

La Iglesia Evangélica Metodista Argentina, en un documento que “fue aprobado por unanimidad en el transcurso de la IX Asamblea general de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina celebrada entre el 10 y el 13 de Octubre de 1985, en el Colegio Ward, Ramos Mejía.” (9) Aprobó en su sección Consideraciones sobre la disposición actual de la Iglesia ante el matrimonio en crisis y con divorciados:

2. El mensaje del Evangelio nos enseña que ningún error, pecado o fracaso nos excluye de la gracia de Dios en Jesucristo, gracia que significa perdón, transformación de la vida, y poder para una vida nueva. Por lo tanto:

a) La primera actitud de la Iglesia ante la crisis o fracaso matrimonial debe ser la palabra liberadora de perdón. No se puede construir nada sobre la sola base del sentimiento de culpa.

b) El perdón requiere el esfuerzo por restaurar y recrear lo que el pecado (propio, ajeno o estructural) ha dañado o destruido. Esto significa poner (la iglesia, el pastor) al servicio de la salud total de la pareja, buscando su reconciliación o posible restauración.

c) Cuando la situación ha llegado a un punto irreversible, el Evangelio no ata irremediablemente a la persona a su pasado. Esto significa la posibilidad de iniciar una vida nueva más allá de este fracaso...

Los criterios a tener en cuenta para un segundo matrimonio serían los siguientes:

1. El pastor evaluará la situación a partir del conocimiento más objetivo posible de los hechos que la han provocado (causas de la ruptura del primer matrimonio, circunstancias en que organiza la nueva pareja, personas afectadas por la situación, acciones que se realizaron en tiempos de la ruptura del primer matrimonio, etc.).

2. Ningún pastor llegará a una decisión respecto a un nuevo casamiento sin una extendida relación pastoral (según los casos, con la pareja que se separa, los separados o la pareja que busca reunirse). El propósito primario es el señalado en los principios ya mencionados, y eso debe ser claro en la misma relación pastoral”.

 

Como podemos ver, la Iglesia Evangélica Metodista Argentina también reconoce y acepta el segundo matrimonio, después de un divorcio y de cumplirse con ciertos requisitos.

 

La Iglesia Metodista Unida en su Libro de la Disciplina (10) en el artículo 65 D, estipula sobre el divorcio:

Cuando un matrimonio se ha separado más allá de la reconciliación, aun después de la debida consideración y consejo, el divorcio es una alternativa lamentable en medio del quebrantamiento. Se recomienda que se usen métodos de mediación para disminuir la naturaleza adversa y culpabilidad que frecuentemente es parte del proceso judicial contemporáneo.

Aunque el divorcio declara públicamente que el matrimonio ya no existe, otras relaciones de pacto siguen existiendo como resultado del matrimonio, tales como cuidado, crianza y sostén de los hijos y los lazos familiares extendidos. Instamos a las negociaciones respetuosas al decidir el custodio de los niños menores, y apoyamos la consideración de uno o ambos padres para dicha responsabilidad, y que la custodia no sea reducida a sostén financiero, control, manipulación o acciones vengativas. La consideración más importante debe ser el bienestar de cada niño.

El Divorcio no resta la posibilidad de un nuevo matrimonio. Favorecemos un compromiso intencional de la iglesia y la sociedad para que ministren compasivamente a aquéllos que están en proceso de divorcio, así como a los miembros de familias divorciadas y reenlazadas en una comunidad de fe donde la gracia de Dios es compartida por toda persona”.

 

Hasta hoy, la Iglesia Metodista del Perú no tiene ninguna posición oficial sobre el tema del divorcio en su Constitución y Reglamento General. Este esfuerzo de tomar en cuenta la posición de otras iglesias metodistas hermanas, nos dan pautas y lineamientos para tomar también nosotros, una posición sobre este tema.

 

CONCLUSIONES

 

Después de una reflexión bíblico-teológica y análisis de la práctica pastoral de Jesús, llegamos a las siguientes conclusiones sobre el divorcio:

 

1. Siguiendo la doctrina metodista, confirmamos que el matrimonio no es, ni tiene carácter sacramental. Creemos que el vínculo del matrimonio es parte del proyecto de Dios, total y permanente, creando una nueva realidad y vida en la pareja.

 

Referencia: Artículo XVI de la Doctrina y Reglas Generales de la Iglesia Metodista.

 

2. En todo matrimonio hay momentos de crisis; por lo tanto, la Iglesia debe ofrecer elementos pastorales para la reconstrucción y la restauración de las relaciones matrimoniales, mediante una Pastoral Familiar. Se tiene que enfatizar que la fe y el amor deben ser la base y sostén de toda relación matrimonial.

 

Referencia: La crisis matrimonial de Juan Wesley, un varón de Dios, que resultó en la separación permanente de su esposa. (11)

 

3. El divorcio no es aceptado fácilmente ni livianamente por la Iglesia, pero ésta también reconoce que cuando en un matrimonio se pierde la fidelidad, es decir, ya no hay amor y entendimiento del uno para con el otro, y si después de una seria consejería pastoral, la pareja decide separarse; la Iglesia acepta, con dolor, esa decisión.

 

Referencia: Situaciones adoptadas por Orígenes, San Agustín, Lutero, Melanchton. (12)

 

4. En los Evangelios vemos que ningún error, pecado o fracaso, nos excluye de la Gracia de Dios en Jesucristo. Esta Gracia significa perdón, transformación de vida y poder para una vida nueva. La actitud de la Iglesia, ante la crisis o el fracaso matrimonial, debe ser de comprensión y acompañamiento a partir de la palabra liberadora del perdón.

 

5. Creemos que por la Gracia Preveniente de Dios, ninguna persona está atada a una situación definitiva y cerrada por su pecado; por eso, entendemos que la Iglesia no debe descartar la posibilidad de un nuevo matrimonio y el reinicio del proyecto de vida de Dios. (13)

 

Referencia: Artículo 65 D, en el Libro de la Disciplina de la Iglesia Metodista Unida; Matrimonio y Divorcio: Una perspectiva Metodista, documento de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina.

 

6. Si una persona divorciada desea contraer un segundo matrimonio, se debe seguir una extendida consejería pastoral y en base a estos diálogos pastorales, el Presbítero(a) podrá decidir si puede casarlos o no; teniendo en consideración si el nuevo matrimonio es una expresión de la Gracia y el perdón divino, a lo que la Iglesia no puede negarse ni oponerse.

 

Referencia: Ver Item 5.

 

7. En situaciones de Presbíteros(as) separados(as), vueltos a casar o en pareja con una persona divorciada, debe seguirse los lineamientos antes mencionados. Dadas las circunstancias de ser miembro(a) del Cuerpo Presbiteral y su rol en la comunidad de fe, la Junta General de Ministerio debe decidir acerca de su ordenación, tomando en cuenta cada situación muy en particular.

 

BIBLIOGRAFIA

 

Libros y Revistas

 

  • Barclay, William. El Nuevo Testamento, Vol. I-II (Mateo), Ed. La Aurora, Buenos Aires, 1973.
  • Burtne, Robert W. & Robert E. Chiles. Compend of Wesley’s Theology, Abingdon Press, Nashville, Tennessee, 1954.
  • Calvino, Juan. Harmony of the Evangelists, Vol. II, Eerdmans Pub. Co., Michigan, 1948, pp. 383-384.
  • Cardenal, Ernesto. “Jesús habla del matrimonio”, en El Evangelio en Solentiname, Ed. Sígueme, Madrid, 1977, pp. 90-95.
  • Casa Metodista Unida de Publicaciones. El Libro de la Disciplina de la Iglesia Metodista Unida, Nashville, Tennessee, 1996, p.94.
  • Croatto, J. Severino. & Pietrantonio, Ricardo. “Matrimonio, Familia, Divorcio” en Cuadernos de Teología, Vol. VII, N°4, ISEDET, Buenos Aires, 1986, pp. 305-312.
  • Duty, Guy. Divorcio y Nuevo Matrimonio, Editorial Betania, 1975.
  • Giles, James E. Bases bíblicas de la Etica, CBP, 1978, pp. 129-133.
  • Goodman, Phillip & Hanna. Jewish Marriage Anthology, Jewish Pub. Society, Phil, 1965.
  • Iglesia Evangélica Metodista Argentina, Matrimonio y Divorcio, Una Perspectiva Metodista, en Cuadernos de Teología, Vol. VII, N°4, ISEDET, Buenos Aires, 1986, pp. 317-323.
  • Jamieson, Fausset & Brown. A Comentary, Critical, Experimental and Practical on the Old and New Testaments, 6 tomos, Wm. Eerdmans Pub., Michigan, 1945.
  • McDonald, W. El Wesley del Pueblo, CUP, México, 1985, pp. 46-51.
  • Lampe, G.W.H. (Ed.) Patristic Greek Lexicon, 5 tomos, Oxford U. Press, New York, 1961.
  • Terry, M. S. Biblical Hermeneutics, Hunt & Eaton, New York, 1985, pp. 94-95.
  • Walker, Alan. “Jesús y una divorciada” en Jesús y los conflictos humanos, Ed. La Aurora, Buenos Aires, 1969, pp. 17-26.
  • Wesley, John. “Los Medios de Gracia” en Obras de Wesley, Wesley Heritage Foundation, Inc, USA, 1996, pp. 315-341.

 

Diccionarios

 

  • Coenan, L. Diccionario Teológico del Nuevo Testamento, Ed. Sígueme, Madrid, Vol. III, 1983, pp. 45-54.
  • Editorial Caribe. Diccionario Ilustrado de la Biblia, 1975, pp. 171-172.
  • Haag, H. Diccionario de la Biblia, Edic. Herder, Barcelona, 1978, pp. 489-491.
  • Hastings, James (Ed.) Dictionary of the Apostolic Church, Charles Scribner’s Sons, 1908.
  • Hastings, James (Ed.) Dictionary of Christ and the Gospels, Charles Scribner’s Sons, 1906.
  • Sociedades Bíblicas Unidas. Diccionario Conciso Griego-Español del Nuevo Testamento, Ed. Caribe, 1978.
  • Thayer, Joseph H. Thayer’s Greek- English Lexico of the New Testament, Baker Book House, Michigan, 1977.
  • Von Allmen, J. J. (Ed.) Companion to the Bible, Oxford U. Press, New York, 1958.

 

Biblias

 

  • Biblia de Jerusalén, Desdee de Bouwer, Bilbao, 1975.
  • Biblia Latinoamericana, Ediciones Paulinas, Verbo Divino, 1974.
  • Dios habla Hoy, Sociedades Bíblicas Unidas, 1979.
  • Novum Testamentum Graece, Nestle-Aland, Germany, Biblelstigtung Stuttgart, 1970.

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1() Sociedades Bíblicas Unidas, p. 148; Ver también H. Thayer, Thayer’s Greek-English Lexico of the New Testament, p. 532.

2() Phillip & Hanna Goodman, Jewish Marriage Anthology, p. 294.

3() La palabra usada en el griego es apolusai (apolúsai), que nos es repudiar, sino dejar ir, dejar salir, indultar, liberar, perdonar, divorciar.

4() J. Severino Croatto, Ricardo Pietrantonio, Matrimonio, Familia y Divorcio, Cuaderno de Teología, ISEDET Vol. III, N° 4, p. 307.

5() Alan Walker, Jesús y los conflictos humanos, pp. 17-26.

6() J. Severino Croatto, op. cit, p. 308.

7() Ernesto Cardenal, El Evangelio en Solentiname, p. 93.

8() Alan Walker, op. cit., pp. 17-26.

9() Introducción al Matrimonio y Divorcio: Una perspectiva Metodista, Iglesia Evangélica Metodista Argentina, en Cuadernos de teología, Vol. VII N° 4, p. 317-323.

10() Casa Metodista Unida de Publicaciones, El Libro de la Disciplina de la Iglesia Metodista Unida, p. 94.

11() W. McDonald, El Wesley del Pueblo, pp. 46-51.

12() Se recomienda leer G. W. H. Lampe (Ed) Patristic Greek Lexicon, Vol. IV, p. 1121.

13() Con referencia a la Gracia Preveniente se recomienda leer el artículo “Los Medios de Gracia”, en Obras de Wesley, pp. 315-341.